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LOLA SANABRIA
pajaro.alambre@gmail.com
10/3/25
21/2/25
TRAVESÍAS GANA EL PRIMER PREMIO DE CUENTO DE LOS PREMIOS DEL TREN ANTONIO MACHADO
Ceremonia de entrega de la cuadragésima tercera edición de los Premios del Tren ‘Antonio Machado’
Premios del Tren de Poesía y Cuento 2024
Primer premio de cuento: "Travesías", Dolores Sanabria García

Al Grajo le sangraba la rodilla desollada. La sangre bajaba sucia hasta la cochambre de la zapatilla sin cordones. Ni él ni nadie hacía caso. El Saco, el Colorao, el Escuerzo y el Ratón seguían sus pasos. Yo iba el último, con el avituallamiento en la mochila. Todos caminábamos en fila india. Una formación armada con palos avanzando por piedras rotas y travesaños rajados. Ejército desarrapado en una mañana de julio.
Habíamos salido del pueblo aún de noche. La luna estaba inflada y nos iluminaba el camino mejor que una linterna. Aun así, el Grajo pegó un brinco, tropezó y cayó de rodillas cuando el mulo del Eulogio se movió en la cerca y se oyeron las amaneas como cadenas de fantasma. Si tuviera la escopeta de caza de mi padre, le pegaba un tiro, dijo. El Grajo tenía mala leche y no le gustaron las bromas y risas que le gastamos. Se hizo el duro y ni limpió la rodilla con agua. Le quedó la piel reventada y con unos granos de tierra pegados a la herida. Siempre pagaba sus desgracias con el más pequeño y enclenque de la pandilla. En esa ocasión no pudo, sabía que no íbamos a dejarlo. Al Ratón le entró la risa rencorosa y a duras penas conseguía sofocarla.
Llegando al cementerio, el Escuerzo dijo que tenía que despedirse de su padre y que no daría ni un paso más si no lo dejábamos entrar a ponerle unas flores. Accedimos de mala gana. Él cortó unos jaramagos y desapareció tras la verja. Algunos no quisimos seguirle y lo esperamos a la puerta. Otros se fueron tras él a visitar tumbas. Tardó en salir y perdimos una media hora. Habría que darle más brío a la marcha para evitar las horas de mayor calor.
Llevábamos un buen trecho andado, en un campo de terreno reseco, sin más sombra que la nuestra, apenas visibles unos matorrales al paso, cuando vimos la caseta abandonada del guardagujas. Paramos aquí, dije. Y sin esperar contestaciones me fui cagando leches para allá. Si querían reponer fuerzas, tenían que seguirme.
Comimos bocadillos de mortadela y chorizo de matanza y bebimos agua dentro de la caseta. Comenzaba a calentar el sol y las chicharras se ponían pesadas.
-¿Cuánto queda?- preguntó el Colorao, más rojo y pecoso que nunca.
-Todavía falta-dije, distraído por el vuelo en círculos de unos pajarracos.
-Nos vamos a quemar-siguió el Colorao-. ¡Ya verás como nos quemamos! Las gorras. Unos a otros nos mirábamos las cabezas. ¿Dónde estaban las gorras? ¿Quién era el encargado de llevarlas? ¡No jodas que se habían quedado en el pueblo! Se habían quedado en el pueblo.
-¡Eran muy feas!-se defendió el Saco.
-¿Y la pomada que ibas a robarle a tu hermana?-preguntó el Colorao, oliéndose la respuesta.
Ni gorras, ni crema. Lo habríamos matado allí mismo. Las miradas asesinas dieron paso a un puñetazo del Grajo y una lluvia de insultos del resto. Nos enfrentábamos a una insolación y a las quemaduras que todos recordábamos del día que nos quedamos torrados sobre una balsa en el pantano de Los Juanes. ¡Qué noche de paños de vinagre y brasas en la espalda! Nos quemamos, pero bien quemados. Que las gorras no gustaron a ninguno, vale, que no queríamos anunciar piensos y el color era el de la mierda, también, pero eran para protegernos, no para ir a una excursión con las chicas. El Saco se excusaba con lo de la crema. Que si no pudo darle esquinazo a la hermana, que si tal, que si cual.
El Grajo amenazaba con darle una paliza alentado por el Colorao. Tuve que mediar.
Ya arreglaríamos cuentas con el Saco cuando regresáramos de nuestra misión.
-¡Hola, chicos!
Teníamos allí mismo a Rosa, la del Tejar, y ni darnos cuenta. Nos quedamos pasmados, mirándola y sin arrancar a decir algo.
-¿Qué haces aquí?- reaccionó el Escuerzo con cara de pocos amigos. De todo el pueblo era conocida la enemistad entre las dos familias por una cuestión de lindes.
La del Tejar llevaba un sombrero de paja. Dijo que nos iba siguiendo todo el rato. Que éramos poco avispados. Un poco? ¿eh?, remachó tocándose la sien con un dedo. El Escuerzo apenas controlaba la ira. ¡No queremos que vengas!, chilló con las manchas de la cara más oscuras que nunca.
-Tengo... A ver...-. Registraba su mochila ante la expectación de todos- Un ungüento muy eficaz. Se lo dio el veterinario a mi padre cuando se quemó la mula- hizo una pausa para mirar al Escuerzo-en el incendio del tejar.
-¡Mi hermano no tuvo nada que ver con eso!
-¡Eh!, dejad las rencillas familiares. Vamos a decidir qué hacemos.
Los chicos nos retiramos un poco a ver los pros y contras de aceptar a la del Tejar en nuestro grupo mientras ella se untaba con la crema para animales. No sabíamos la eficacia de aquello pero siempre era mejor que nada, defendí yo. Acallamos las protestas del Escuerzo con un si no estás de acuerdo te largas.
Dijimos que bueno, que podía venir con nosotros pero sin molestar.
-¿Tenéis pañuelos?-preguntó ella.
Todos llevábamos uno en el bolsillo. Seguimos sus instrucciones. Los sacamos, les hicimos cuatro nudos y nos los pusimos en la cabeza.
Después de untarnos en cara y hombros con aquella crema que olía a rayos, reiniciamos la marcha. La del Tejar iba donde le daba la gana. Unas veces delante, otras en medio, y algunas, detrás. Al principio el Escuerzo la evitaba, pero el calor, el cansancio y estar lejos del veneno familiar, debieron de hacer su efecto porque pronto dejó de prestar atención sobre el lugar que ella ocupaba en la marcha.
Después de cruzar el puente del río Guadaler y refrescarnos con las aguas que quedaban estancadas en pozas, el camino se hizo más llevadero. Había árboles a cada lado y caminábamos buscando la sombra. Aun así, no nos quitamos los pañuelos a sabiendas de que vendrían más tramos de pleno sol sobre las cabezas.
Paramos antes de abandonar la arboleda. La del Tejar repartió medios limones después de dividirlos con su navaja. Os quitarán la sed, dijo. Y todos le hicimos caso, incluso el Escuerzo. Yo saqué unas galletas María de la mochila. Se hace bola, se quejó el Saco. Yo había hecho mis previsiones de agua y necesitaríamos la que quedaba para la vuelta, pero el Saco tenía razón, así que ofrecí media botella. Un trago cada uno ¿eh?, no abuséis que nos quedamos fritos para el regreso, advertí. Todos cumplieron. La del Tejar dijo que ella llevaba una llena de reserva, por si nos hacía falta. Bien pensado, dije. Y los demás asintieron con la cabeza.
A un kilómetro, más o menos, del objetivo había una nube de buitres volando en círculos. Cuando llegamos al lugar vimos un burro quemado que estaba siendo devorado por los pájaros. Tierra abrasada por todos lados.
El resto del camino lo hicimos en silencio. Sudando la gota gorda. La temperatura había subido en la zona. Recogíamos las gotas saladas que bajaban de la frente con la lengua. El Colorao iba con los hombros como dos brasas. Ni cuenta nos dimos de que el efecto protector de la pomada, si es que tenía alguno, se había pasado. La del Tejar nos hizo parar y nos fuimos pasando la crema. Espero que no sea demasiado tarde, dijo. ¡Si seréis tontos! Yo me unté más hace ya, ni se sabe.
Algunos habríamos querido pararnos allí mismo. No seguir adelante. La tierra y el burro calcinados y los buitres destripándolo daban mala espina. Nos mirábamos los unos a los otros sin decidirnos. Estáis cagados de miedo, terció la del Tejar. No, qué va, dije yo. A mí no me asusta nada. ¡Mira!, gritó triunfal el Escuerzo mientras sacaba de su mochila una calavera. ¿De dónde la has cogido?, preguntó el Ratón muy alterado. Profanación de tumbas, se te va a caer el pelo, terció la del Tejar que sabía más que nosotros de todo porque le daba por leer libros y cómics sacados de la biblioteca municipal. ¿Qué dices, lista?, se enfadó el Escuerzo. Es la calavera de mi padre. La quería llevar conmigo por si no volvía al pueblo. ¡Zumbado!, dijo el Grajo. Bueno, venga. Hemos llegado hasta aquí y seguiremos hasta el final, corté yo la pelea que se veía venir.
Brillaba mucho y parecía ocultar algo debajo de su vientre metálico. El Grajo le lanzó un trozo de pan que rebotó y cayó en la tierra algo chamuscado. Todo lo que había a su alrededor estaba arrasado. Mantuvimos la distancia.
-Aquí no nos podemos quedar- dijo la del Tejar-. O nos acercamos más y vemos qué es, o nos damos la vuelta. ¡Votación! Ella fue la primera en levantar la mano a favor de acercarnos y ninguno se atrevió a votar largarnos de allí, que habría sido lo prudente.
Avanzamos a saltitos. Las gomas de las suelas de las zapatillas se calentaban y amenazaban con derretirse y abrasar nuestros pies.
Llegamos y nos quedamos mirando, intentando averiguar qué era. No parecía un platillo, como dijeron en las noticias.
-A lo mejor es solo una parte de la nave-aventuró el Ratón.
-¿Y dónde está el resto, listo?-preguntó el Grajo dándole un capirotazo en la cabeza.
-Esto...- comenzó la del Tejar. Los demás la miramos, muy atentos a lo que decía-no me gusta nada. Nave o artefacto militar, estamos en el lugar...
No acabó la frase cuando aquella especie de escudo gigante se levantó y aparecieron ellos, o ellas, o lo que fuera, cualquiera sabía lo que ocultaban aquellos disfraces, o no, de colas de cometa.
Por el grito que se oyó, el primero en desaparecer fue el Escuerzo y su calavera. La del Tejar y yo corríamos sin mirar atrás. Cuando paramos, estábamos los dos solos.
Durante un trecho de regreso al pueblo fuimos sin hablar, aterrados y aturdidos. Cerca ya de la estación nos preguntábamos qué íbamos a decirles a los padres del Grajo, el Escuerzo, el Saco, el Colorao y el Ratón cuando los vimos desde lejos, discutiendo y lanzando piedras a los raíles.
-¿A dónde os llevaron? ¿Qué os han hecho? ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?- les pregunté en cuanto los tuve delante.
Ellos me miraron como si se me hubiera ido la cabeza, dijeron que me había dado una insolación y aseguraron no haberse movido de allí en todo día.
-Tú te fuiste a explorar los alrededores y acabas de volver-dijo el Escuerzo.
-¿Y la calavera? ¿Dónde está la calavera?-continué yo.
-¿De qué calavera hablas?
El Escuerzo miraba a los demás y los demás lo miraban a él con caras de no saber a qué me refería.
Iba a intervenir de nuevo cuando Rosa la del Tejar me agarró del brazo. La miré y me hizo señas para que no siguiera hablando. Le hice caso. De vuelta al pueblo los dos no dejábamos de observar al resto, atentos a cualquier signo que nos confirmara que quienes caminaban a nuestro lado seguían siendo nuestros amigos; intentábamos entender qué demonios había pasado.
7/2/25
LA SIEMBRA Y LA COSECHA. Segundo premio del Concurso de relatos #historiasdesolidaridad
Cuando nació mi hijo, el padre nos abandonó. Así que tuve que apechugar sola con la crianza. Porque él no volvió a dar señales de vida. Con el tiempo llegué a considerar que fue lo mejor que nos pudo pasar. Echaba la vista atrás y todo eran broncas. Él, un egoísta de libro. Solo pensaba en cómo no dar palo al agua. Le importaban un bledo los demás con tal de tener asegurado su bienestar. Trabajar, trabajaba, pero en cuanto llegaba a casa se arrellanaba en el sofá y de ahí no se movía hasta la hora de la cena. La llegada del niño fue un fastidio. No quería cogerlo. Tampoco oírlo llorar. Así que no tardó en desaparecer de nuestras vidas. Me puse a trabajar en un Centro de Primera Acogida. Allí aprendí mucho y comencé a interesarme por lo que ocurría en el mundo viendo a toda aquella gente que huía de guerras, persecuciones y muertes. Cada vez que leía un informe lloraba a lágrima viva. De aquellas personas apenas se hablaba en las noticias. ¿Cómo era posible que pasaran de puntillas por tanto drama? Comencé a ir a las convocatorias que hacían algunas organizaciones pacifistas. A veces frente a las embajadas de los países donde se daban los conflictos; otras en plazas y calles, pidiendo que se detuviera aquella sangría. La indignación ganaba terreno en mi interior. Cada día entraban más y más menores que huían de lo que eufemísticamente llamaban «zonas calientes». Menos cuando se referían a las pateras. El mar escupía cadáveres de niños y niñas, de mujeres, de hombres… Y las imágenes daban la vuelta al mundo. ¡Qué horror!, pobre gente, decían en los bares, mientras comían pinchos de tortilla y cervezas, quienes estaban al resguardo de miserias y bombas. Era un reguero continuo de vidas destrozadas. Menores que llegaban sin padres. Con el gesto duro, sin una lágrima. Secos los ojos. Con la determinación de sobrevivir a toda costa. Tragedias que se quedaban encerradas en el centro. Un respiro que la mayoría de las veces acababa cuando cumplían los dieciocho años y no tenían a dónde ir.
Y mi hijo mamó de aquella rabia.
Anoche tuvimos bronca. Tal vez sea yo la culpable. Sólo quería que nunca fuera a una guerra. Por eso lo llevaba conmigo a las manifestaciones. No pasa nada, le decía apretando su mano muy fuerte.
Cuando creció, invitaba a casa a sus amigos que cruzaban el Estrecho, y yo me esmeraba en la cocina. Mi hijo, un blanquito con rastas, escuchaba atento y olvidaba el tenedor en el plato. Hablaban de la falta de medicinas, de kilómetros de arena seca, de la lucha por su territorio, del hambre. A mí se me iban las ganas de comer, atenazado el estómago en una náusea que me duraba el resto del día.
—Ustedes los europeos…
Guardaba las sobras en el frigorífico. Echaba el agua de la jarra en las macetas. No quería que me dijeran: Ustedes los europeos derrochan.
Decidió estudiar periodismo. Y yo encantada. Ya lo veía en la televisión, o escribiendo artículos en los principales periódicos del país. Pero no. Quiere ir a donde hay conflicto, a donde asola la hambruna, a donde las guerras tribales siegan vidas humanas. Para que el mundo sepa, dice. Como hizo Marie Colvin, dice. La que murió, apostillo yo. Y él que no sea tan negativa. Que volverá y me sentiré orgullosa. Como si ya no lo estuviera.
No sé cómo va a arreglárselas. Él, que no aguanta la picadura de un mosquito, ni un roce del zapato. Que el calor le agobia. Pero se va y no puedo hacer nada por evitarlo.
Amanece. Me levanto, hago café, desayuno y salgo. Cuando vuelvo a casa, él ya se ha levantado.
—Te compré unas mudas. Y saqué dinero del Banco- digo.
—Gracias, pero no hacía falta.
—Y puedes llevarte las medicinas del botiquín.
—Vendrán bien— sonríe.
—No olvides la crema para los mosquitos.
— No la olvido.
—No dejes de protegerte. Tú ya sabes.
— ¡Mamá!
Lo sigo mientras él prepara la mochila. Luego nos quedamos uno frente al otro. No pasará nada, dice. Muevo la cabeza en silencio. No quiero llorar, pero lloro cuando nos abrazamos.
27/5/24
Primer premio del XI Concurso de Relatos Marbella Activa
EL VIAJE DE MAMÁ
ESPERANZA
Mamá nunca estuvo en
aquel lugar. Guardaba la postal que le envió su amiga Raquel en una caja de
madera con sus pertenencias más queridas. Para nosotras no tenía ningún valor
todo lo que había allí metido. La habíamos registrado muchas veces. De
pequeñas, por curiosidad; de mayores, porque, tras la muerte de mamá,
necesitábamos encontrar algo para vender que nos diera un respiro. La esperanza
se truncaba en decepción. Dientes de leche, rizos de pelo, cintas de colores y
la postal con una playa infinita y sombrillas de paja horadando la arena
dorada. Mar azul oscuro y cielo turquesa sin una nube. Ni un alma, decía yo
cada vez que la miraba como hechizada. Y mi hermana Sofía, que siempre dijo ver
más allá de la realidad, me corregía: «Bueno, eso de ni un alma… Yo veo la de
mamá, y otra más, revoloteando juntas».
Mamá nunca viajó a ese lugar. Yo era la mayor
de las hermanas. Recordaba el traqueteo del tren cuando aún no había nacido
Mónica, la segunda de las tres. Con aquel gentío que bullía en los vagones,
yendo de un lado a otro, acodándose en las ventanillas abiertas, compartiendo
tortilla y gaseosa a mediodía. Viajes con muchos túneles y paradas en cada
pueblo. Incómodos, largos para un recorrido que ahora se hace en mucho menos de
la mitad del tiempo que se empleaba entonces. Pero viajes que conectaban la
realidad con el sueño. No importaba si ibas a un pueblo perdido en la sierra o
a quemarte bajo el sol, compitiendo por un palmo de espacio para extender tu
toalla, en una playa atestada de gente. El viaje. Eso era lo mejor. Porque
mientras las ruedas del tren se deslizaban en los raíles torturando las
traviesas, yo hilvanaba historias de grutas y cuevas con sus monstruos y
leyendas; fantaseaba con amistades fascinantes
venideras con las que compartía
cuentos de aparecidos y ahogados en atardeceres con cucuruchos de helado de
nata y fresa, y fraguaba noviazgos de verano, Todo eso se mezclaba en mi imaginación con el bufido de la locomotora,
su respiración fatigada cuando se detenía en una de las muchas estaciones donde
familias enteras bajaban o subían al tren. Aquella excitación y alegría por un
porvenir carente de astillas, dulce de caramelo que se iba derritiendo
lentamente en la boca, solo era posible durante el trayecto. Parte de la magia
se deshacía cuando llegabas a tu destino. El fin en sí mismo era el viaje.
Mamá
nunca viajó a ese lugar. Yo lo habría sabido.
MÓNICA
A mi hermana Esperanza
no le gusta que la contradigan. Ella dice esto es así, y tiene que ir a misa.
No sabe si mamá hizo o no aquel viaje, pero como es la mayor está convencida de
que tiene que saberlo todo, si no, lo vive como una traición.
A veces sorprendía a mamá en su habitación,
con la postal de la playa y las sombrillas entre sus dedos y ese gesto
contenido, mezcla de tristeza y determinación. Volvía la cabeza hacia la puerta
y me invitaba a sentarme a su lado, dando golpecitos con la palma abierta de la
mano sobre la colcha de la cama. Le hacía caso porque ella lo necesitaba, no
porque me apeteciera escuchar lo de otras veces. Promesas de que algún día
haríamos las maletas y nos subiríamos a un tren que bordeaba las costas sin
prisas para dejarnos en nuestra playa, con mucho tiempo para aspirar el aire
marino cargadito de sal que tan bien me vendría para mi rinitis crónica. Mamá
no quería aceptar que, aquellos trenes que avanzaban con la parsimonia de los
abuelos contando cuentos a los niños los habían sustituido por otros más
rápidos, donde lo importante era el destino, no lo que acontecía en el devenir
de las horas dentro de los vagones. Y no lo aceptaba porque en uno de esos
viajes de largo tiempo y recorrido conoció a Raquel. Las dos con las pestañas
cargadas de sueños que entraban y salían de su interior a borbotones de
excitación. Eso me contaba. Compañeras durante un tiempo agrandado por la
intensidad de cada minuto. Poco importaba, decía, que hubiera una hora
establecida de llegada. Poco importó en la práctica. Porque la locomotora se
paró y no quiso seguir su camino. En mitad de la nada de una enorme y cálida
playa salvaje. Tiempo. Arena. Risas. Complicidad. Y mucho más. Aunque mamá
siempre acababa el relato en el momento en que venían a rescatarlas con una
nueva máquina. Ahí se le subía el pecho en un suspiro hondo de nostalgia.
Papá sabía. Lo sabía y callaba. Papá era el
convidado forzoso de un banquete de boda. Tenía siempre esa media sonrisa
torcida, entre tierna y resignada, que desarmaba a mamá. A ratos se hacía cargo
de su presencia. Le pasaba una mano por la cara redondita y dulce. Le cortaba
el pelo. Lo abrazaba largo. Y para él eso era amor. Y para él era suficiente.
Mamá vivía en otro lugar, aunque estuviera con nosotras. Nos quería. Nos
cuidaba. Todo en ella nacía de un amor más grande que el conocido. Enorme y
alimentado de recuerdos día a día.
Cuando mamá enfermó, cayó ese manto
donde ella recogía los trozos rotos de otra vida y los unía de esperanza. Un
sueño que rozó con la punta de los dedos el mismo día del entierro de nuestro
padre. Allí mismo, mientras tapiaban el ataúd con rasilla y paletadas de
cemento, ella, con su enorme presencia aun siendo bajita y quebradiza, contuvo
entre sus manos recogidas bajo el pecho la alegría del futuro que la aguardaba.
Seria y circunspecta, con alguna lágrima de pena rodando mejilla abajo,
traslucía una gran luz interior que pugnaba por salir. Las cuatro sentíamos
dolor. Mamá sentía dolor. Dejamos a papá solo del todo, mucho más solo de lo
que siempre había estado a pesar del cariño de mamá, del amor de sus tres
hijas, sobre todo de Sofía. Papá siempre estuvo solo. Y así se quedó, aunque
mamá no tardaría en acompañarlo. Siempre separados y siempre unidos. Siempre.
SOFÍA
Mamá va y viene. Va y
viene. Aletea entre nosotras como una mariposa a la búsqueda y encuentro de su
flor.
Mamá abrigaba mis manos entre las suyas y no
hablaba. Yo la veía desdoblarse y moverse en el pasado y en el presente,
proyectándose hacia el futuro, en diferentes lugares, con distintas personas,
como si fuera un personaje dentro de una película de cine.
Aquella playa larga, larga, con
caracolas y conchas rotas, polvo de estrellas que caían todas las noches al
mar, fue escenario de esa vivencia grande que se tiene una vez en la vida. La
máquina agonizando en la vía y mamá gozando en todo su esplendor. Así me
llegaba a través de las manos enlazadas de mamá y Raquel, del júbilo con el que
celebraron el anochecer escondidas entre las dunas, del canto al sol que les
regaló un nuevo día. Nunca vi a mamá tan feliz en vida. Dicen que esas cosas
pasan. Dicen que es verdad que el amor llega sin avisar, que irrumpe a
empellones, que atonta la realidad, que implosiona las sensaciones, los
sentimientos, el quererse sin tiempo ni medida. Yo aún no he vivido esa clase
de amor. Mamá decía que solo tengo que esperar.
Esperanza nunca le perdonó que no la
hiciera su confidente, que la dejara confundida, sin saber qué era lo que la
hacía suspirar por los rincones de la casa. Nunca entendió a mamá y eso la
irritaba. Discutía con ella y a veces ni
la dejaba acercarse. No aceptaba ese
mirarse el ombligo de mamá, como ella lo llamaba. Y sin embargo, Esperanza es
la más soñadora y la que más la quería.
Mónica va siempre más allá de lo que
mostramos. Ella está en paz con mamá. La entendió y la quiso sin
apasionamiento, aunque no pueda verla como yo.
Mamá viajó por segunda vez a esa playa, en la
casita donde Raquel se quedó a vivir para siempre. Lo hizo atravesada por la
derrota. No era fácil resistirse a las amenazas y el paisaje apocalíptico que
le pintaba la abuela. Hay personas capaces de luchar hasta la extenuación con
tal de seguir su sueño, aunque no lo consigan. Hay personas fuertes y personas
débiles y quebradizas. Mamá pertenecía a estas últimas. No soportó la presión.
Los errores se pagan, le decía la abuela antes de ir desgranando las ventajas
de seguir con papá y abandonar quimeras que solo la llevarían al fracaso. Y ahí
se empleaba a fondo en relatarle toda clase de problemas sociales y de
subsistencia. Porque, vamos a ver ¿de qué pensáis vivir?, decía, señalando con
su dedo índice la barriga de mamá. Luego le hablaba de lo buen hombre que era
papá, de lo mucho que la amaba, de lo bien que estarían, de que todo se torció
con aquel viaje que fue como una escapada, pero que se podía arreglar si ella
quería. Y mamá cedió.
Mamá hizo ese viaje
encogida en un asiento de un tren vestido de oscuridad. Ni la espuma de las
costas, ni la promesa más allá de la línea que dividía cielo y mar, ni las
bromas y risas de unos jóvenes inmortales; nada sacó a mamá del estado de alma
en pena que la llevaba al encuentro con Raquel en aquel pueblo de la costa,
donde nunca más regresó en vida.
Primero nació
Esperanza, luego Mónica y por último yo. Tres personitas, como nos llamaba
ella, a las que cuidar.
Quizá se hubiera
decidido a dar el paso si las cartas de Raquel hubieran llegado a sus manos.
Mamá nunca lo supo. Yo tampoco se lo dije. Ni siquiera poco antes de morir.
Hubiera sido muy cruel por mi parte contarle que Raquel le escribió y papá,
después de la llegada de la postal, interceptó todas las cartas. Y fueron
llegando, como mensajes en una botella, hasta que Raquel desapareció sin dejar
rastro.
Lo siento, mamá. Lo
siento mucho, le estuve repitiendo bajito al oído hasta que dejó de respirar.
Sé que me ha perdonado. También a papá. Yo no quería separarme de él y él no
quería separarse de ella.
Raquel vivió entre las algas que inundaron la
cueva. Habitado su cuerpo por estrellas, caballitos de mar y caracolas,
durmiendo la paz de una espera más dulce y llevadera que la que tuvo que
soportar mamá hasta que volvieron a encontrarse.
Ahora veo a mamá y a
Raquel revoloteando entre las sombrillas de paja, felices y juntas para
siempre.
16/10/23
EN LA CALLE. Finalista del Certamen de Microrrelatos SUR - III Premio Pablo Aranda
Aquel dibujo en el asfalto
había captado a la perfección el movimiento. Una pierna doblada hacia atrás,
como en el aire, y la otra tocando el suelo. Más que andar, corría. Y los
brazos. El derecho con la mano abierta, como si quisiera agarrar una rama, o
enlazar unos dedos amigos. El izquierdo hacia atrás, doblado por el codo,
impulsando el cuerpo. Unos trazos de tiza que trascendían, de alguien que amaba
a la humanidad. Podría haber sido una obra de arte, si no fuera porque
enmarcaba una gran mancha roja y correspondía al perfil del cuerpo de una mujer
recién asesinada.
APRENDIZAJES. SELECCIONADO MES DE SEPTIEMBRE EN EL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE ABOGADOS
8/8/23
CEGUERA- Seleccionado en el mes de junio en el concurso de microrrelatos de abogados
Brillante, acostumbrado a ganar litigios complicados en el estrado y a machacar a sus contrincantes en las elecciones al Colegio de Abogados, se tenía a sí mismo como un esposo y padre afable y justo en los castigos y no aceptaba de buen grado su retirada. Pactar con él no había sido fácil. Podría recorrer la casa a pie de mar que siempre quiso alquilar su mujer, y él le negó, para las vacaciones; ver a las pequeñas dormir plácidamente; a las mayores con un bullicio alegre en la cocina; a su mujer, con los labios sujetando un ramillete de alfileres y una sonrisa, mientras metía la bastilla de la falda para la fiesta en la playa. Entendería por qué le supo raro su café y, entonces, solo entonces, aceptaría subir a la barca, acompañarme al otro lado y dejar a la familia vivir en paz, sin amenazas, ni golpes.
27/6/23
EN LA SECCIÓN LIEBRE POR GATO DE INFOLIBRE: MUÑECA Y CASA DE VERANO
12/3/23
LOS CUIDADOS. SEGUNDO PREMIO DEL III CERTAMEN LITERARIO CON MOTIVO DEL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER AYUNTAMIENTO DE ROBLEDO DE CHAVELA 2023
LOS
CUIDADOS
Esta
noche la nena se ha despertado no sé las veces. Seguramente le dolía la
tripita. Los cólicos del lactante. Ni anises ni puñetas. La he paseado en
brazos, boca abajo, con una mano haciéndole masaje. Parecía que se calmaba.
Cerraba los ojos, agotada, soltaba el chupete y dejaba de llorar. La dejaba en
su cuna como si fuera una pluma para que no sintiera abandono ni dolor. Pero al
rato estaba otra vez llorando. Loren roncaba. Al día siguiente tenía que
trabajar, así que yo debía apechugar, no me quedaba otra.
Delante
de una tostada y una taza de café me he preguntado si podría soportar todo el
día sin venirme abajo. Es dura la crianza. Se me cierran los ojos a esta luz
blanca de un amanecer que duele como puñaladas en un cuerpo machacado por la
falta de descanso. A ver si puedo echarme un poco después de darle el
biberón…¡En qué estaría pensando! No puedo. Ayer mismo me dejó Loren la lista
de la compra. Hacen falta verduras, pollo y fruta. Y leche para la nena.
Pañales tenemos aún bastantes. ¡Qué caro todo lo de los bebés! Deseando estoy
que pase a los purés y que controle esfínteres. Le compré un orinal monísimo de
la farmacia. Loren dijo que a santo de qué adelantarme tanto. Sí, tengo que
reconocerlo, me encandilo con cualquier cosa para la nena. ¡Y la ropita, tan
linda y tan cara! Chupetes tiene unos cuantos de todos los colores y formas.
Los guardo en el cajón de mis jerséis y los voy sacando conforme se ponen las
tetinas feas y desinfladas.
Mi
hija es el amor de mi vida. La veo dormidita, con las manos cerradas en puños
blanditos y con sus hoyuelos, el culo en pompa, las piernas encogiditas, y
vuela el agotamiento. Es tan pequeña y a la vez tan grande que parece mentira
que haya estado dentro de la barriga. Suspira. ¿Qué soñará? ¿Sueña ya tan
chiquita? Acerco la cabeza a la cuna. Aspiro el olor a bebé. Me gustaría
quedármelo dentro para siempre, siempre. No hay nada comparable a este aroma.
Dicen que a pan tierno. Nada. Tampoco a colonia. La colonia camufla la esencia
de recién nacida. No haces nada más que atravesar la puerta de la calle y ya
sabes que dentro crece una flor. Mi flor. Azucena.
Me
tengo que dar prisa para tenerlo todo preparado. Me ducho, guardo la lista, preparo
el cochecito y, mientras espero, pongo agua al fuego con un puñadito de sal y
un chorrito de aceite. Haré espaguetis. Saco el paquete del armario. El agua
rompe a hervir y la nena a llorar. Echo la pasta y voy al cuarto. ¿Qué le pasa
a mi niña? Ya, ya, ya… Le cambio el pañal y le doy el biberón en seguida. Sí,
por este orden. Me mira. Seguro que me mira. Y calla. Luego vuelve a llorar. Se
le ven las encías tiernas y rosadas. Se le ve hasta la campanilla. Espera,
espera, que ya voy. El nerviosismo no es bueno. Tranquilidad. Lo decía mi
madre: Vísteme despacio que tengo prisa. Me duele la espalda.
Los
espaguetis se han pegado a la cazuela. He llorado. Todo me parece una montaña
muy fatigosa de subir. Ha llamado Loren en plena debacle y me he desahogado un
poco. Lo entiende, claro que lo entiende. Luego, con más calma, he vuelto a
poner agua a hervir y no le he quitado ojo hasta que se ha ablandado la pasta.
Mientras movía el cochecito con un pie para que la nena se durmiera he picado
cebolla y chorizo, lo he rehogado con la carne picada, he incorporado los
espaguetis y el tomate frito y listo. Prueba superada.
La
señora Encarna y el señor Manolo me han recibido con el cariño de siempre. Que
mira lo que tenemos, han dicho, unos níscalos muy frescos para hacerlos con
patatas, y no son caros. Ellos saben que no podemos permitirnos muchos gastos.
Miramos hasta el último céntimo. A la niña que no le falte de nada. Las acelgas
son baratas. Y las patatas también. Pero hoy me llevo unos poquitos níscalos.
Haré un guiso mañana. La señora Encarna y el señor Manolo miran dentro del cochecito.
¡Qué bonita está! ¡Se cría bien! Pronto la verás correr por ahí. El tiempo pasa
volando. Aprovecha para disfrutar de ella ahora, antes de que se haga grande y
se vaya de casa. Dicen estas cosas siempre. Su hija ya es mayor y hace tiempo
que dejó el nido para volar lejos. ¡Y tanto, como que se fue al otro lado del
mundo! A ver, donde hay trabajo, aclara la señora Encarna una vez más.
En
la pescadería hay mucha gente. Pido la vez y me voy a la carnicería que parece
que hay menos esperando. Toño en un carnicero antipático pero un buen
profesional. Le pido filetes de babilla. Entra y sale de la cámara frigorífica
con una pieza que suelta de golpe sobre la tabla, le pasa la mano como si la
acariciara, afila el cuchillo y, cuando va a cortar, le digo: Medio kilo y
finitos. Me mira con el cuchillo en alto como si me preguntara qué hago yo allí
y por qué le pido siempre lo mismo. Luego vuelve a su tarea.
La
niña se ha despertado. Refunfuña. Busco el chupete de pasta con forma de
mariquita en la bolsa de tela y se lo meto en la boca. Me mira con esos ojitos
recién abiertos al mundo mientras chupetea con brío. ¿Algo más?, pregunta Toño.
Huesos de vaca y de jamón, tocino, morcillo… Lo necesario para hacer pasado
mañana un cocido.
Cuando
llego a la pescadería ya han despachado a quien me dio la vez. Respiro hondo,
hondo. Paciencia. Vuelvo a pedirla. Estaré al tanto. No hay nadie esperando en
la pollería de al lado. Un pollo en cuartos. Filetes de pechuga. Unos pasos más
allá, la panadería. Una barra de candeal. A Loren y a mí nos gusta el pan
bueno. Ahí no escatimamos en gasto.
La
nena llora. Escupe el chupete. Se lo vuelvo a meter en la boca. Miro el reloj.
Pronto va a ser su hora de biberón. Los nervios no valen para nada, me digo.
Aun así comienzo a morderme las uñas. Ya, ya me toca. Dos gallos grandecitos, o
cuatro pequeños, boquerones…¡ya los limpio yo que tengo prisa!, un hueso de
rape, que no hay, bueno pues morralla, tampoco, una raspa o algo. Cuarto de
chirlas, sí. Ciento cincuenta gramos de anillas de calamar y cien de gambas
arroceras. ¡Ya está! Salgo del mercado deprisa. Seguro que cuando llegue a casa
y repase la lista algo me habré dejado.
Loren
viene a comer. Tengo mala pinta, dice. ¡Qué quieres!, no he parado en toda la
mañana. Lo sé, lo sé, dice. Y me abraza por detrás. Mientras comemos siento que
el cuerpo se afloja, que baja la tensión y noto la carga en la espalda. Luego te
hago un masajito, dice. Un respiro de media hora para echarnos y descansar. Que
no se despierte la nena, por favor.
Abro
los ojos con el inicio de un leve gruñido. Es curioso cómo se agudiza el oído
cuando tienes una bebé en casa. El más mínimo ruido te hace despertar. Miro el
reloj. No falta nada para la siguiente toma de biberón. Hago un intento de
levantarme y vuelvo a echarme. Me duele todo. Solo faltaría que pillara un
virus. Pero no, es puro agotamiento. Me incorporo. Tengo que poner una lavadora
o acabaremos sin ropa limpia que ponernos. Sobre todo los pijamas de Azucena,
las camisitas, los bodis. Agacharme para meterlo todo en el tambor y
enderezarme demasiado deprisa y ahí está el bocado cogido a las lumbares. Debo
tener cuidado porque puede acabar en ciática y a ver cómo hacemos para cuidar
de la nena. Echo de menos a mis padres, tan lejos, allá en el norte. Admiro a
mi madre. Debió de ser tan dura la crianza de los hijos. Y ayudar a mi padre
con el ganado. No sé cómo pudo con tanta carga. Mis hermanas se quedaron cerca
de ellos. Yo no. Yo quería otros horizontes. Y estudiar. No me gustaba el
campo, ni las minas. Esta noche, cuando esté de vuelta Loren y tras la última
toma de biberón de la nena, hablaré un rato con mi madre, a ver si tiene ya la
fecha para venir unos días a vernos.
Se
me había olvidado completamente. Tengo cita con el pediatra. Siempre a la
carrera. Con los nervios he destrozado un pañal. Respiro hondo. La niña llora.
Es como una esponja que absorbe tensiones y prisas. ¡Ya está, ya está!, le digo
para calmarla mientras intento sacarle el bracito por la manga del jersey. Se
ha enredado un dedo. Cariño, cierra la mano, suplico. Vamos a llegar tarde.
Dejo de vestirla unos minutos. Comienzo a susurrarle: Tu tu, tu tu, tu tu, tu
tu, teshcote… Se va tranquilizando. Le doy el chupete y sigo con la nana
mientras termino de ponerle el mono.
He
llegado jadeando. El pediatra me ha recibido con un tranquilícese, por dios,
que va a poner nerviosa a su bebé. Y, como era de esperar, cuando él le ha
tocado la tripa, ella ha hecho un pis. Menos mal, ha dicho entre risas, que no
es niño porque si no me habría alcanzado. La ha pesado y medido. Va bien. Le
han puesto la vacuna. Azucena ha llorado.
Un
paseo por el parque nos vendrá bien. La vecina del quinto está sentada en un
banco. En cuanto nos ve viene a mirar dentro del cuco. ¡Qué guapa! ¡Qué bien la
crías!, exclama. La va a despertar. Balanceo un poco el cochecito. Gracias,
gracias, le digo, voy a moverme para que no se espabile, me excuso. Ella se
retira unos pasos. Sí, sí, claro. Me alejo. Me sienta fatal dejarla así,
sabiendo de su pérdida, pero tengo que respirar un poco de aire fresco o
acabaré cazando gamusinos. Recorro todo el perímetro del parque, luego me
siento en un banco. Los rayos de sol escapan entre las ramas de los pinos y me
dan calorcito en la cara. Se está bien aquí. Niñas y niños corriendo hacia el
tobogán. Un grupito de madres come pipas sentadas cerca del arenero donde sus
retoños manejan palas y cubos y hacen flanes. La nena se ha despertado. Un
poquito más, anda. Pero no. Me levanto y regreso a casa.
Dejo
la muda y el pañal sobre la cama. Preparo el baño. Pruebo la temperatura. Mi
brazo izquierdo sostiene el cuerpo de la nena. La meto en el agua. Balbucea algo. ¿Sonríe? Sí. Es una sonrisa
para mí, seguro. Le encanta. Da palmadas sin ton ni son, y salpica. Le paso la
esponja con la mano derecha. Le brilla la piel. Brotan dos rosas en sus
mejillas. Un poco más y la saco que, si no, se le quedan los dedos arrugados.
Suda
cuando toma el biberón. Se le cierran los ojos. Deja de succionar. Le paso un
dedo por la cara. Se espabila y sigue tragando hasta acabar con la leche.
Suspira. Acerco mi nariz a su cuerpo y me emborracho con su aroma a sueño de
bebé satisfecha. La dejo en la cuna.
Hace
mucho que la lavadora se paró. Abro la portezuela. Voy sacando la ropa. La tiendo
en la cuerda con las pinzas de colores a juego. Una manía mía. El verde tiene
que ir con el amarillo. El azul con el salmón. El rojo con el violeta… Manías.
Cada cual tiene las suyas. Cuando termino voy a la habitación pequeña. Sobre la
silla hay un montón de camisas, camisetas y pantalones para la plancha. Tendrá
que ser mañana, hoy no hay tiempo. Loren está al llegar y tengo que hacer la
cena.
Me
anudo el delantal del pollito. Saco del frigorífico alcachofas, zanahorias, judías
verdes y acelgas. Patatas y cebolla del verdulero de la terraza de la cocina.
Haré un hervido. Pongo agua a hervir con sal. Troceo las verduras sobre la
tabla de la encimera. Antes cocinaba con los cascos puestos para escuchar
música, ahora no es posible, hay que tener siempre los oídos alerta. La nena
llora. Suelto el cuchillo y voy a ver qué le ocurre.
Su
frente está algo caliente. La cojo en brazos, la acuno, le doy el chupete. Le pongo el termómetro. Tiene algunas
décimas. ¿De la vacuna? ¿Tan pronto? En
la cocina el agua sigue hirviendo sin nada. Con la nena en el brazo izquierdo,
voy echando con la mano derecha las verduras. Paseo por la casa. Está
intranquila. Lloriquea. Vuelvo a tomarle la temperatura. Ha subido. Me entra el
pico de angustia. No puedo evitarlo. Tengo que dejarla en la cuna un momento.
Voy al botiquín y cojo el medicamento para bajarle la fiebre. Le doy unas
gotas. Le retiro la colcha de la cuna. Tal vez debería darle un baño. Tengo que
tranquilizarme. ¡Cuánto tarda Loren! ¡Ojalá no le salga un trabajo de última
hora! ¿Llamo? No. Voy a esperar. Parece que se ha calmado. Ya no llora. Aguardo
un poco a que le haga efecto la medicina y tomo de nuevo su temperatura. Debo
calmarme. No es nada. A veces pasa con las vacunas.
Voy
a la cocina y retiro la verdura. Cuando esté Loren la escurro. Unas gotas de
vinagre, un chorrito de aceite y ya está. Voy a poner la mesa. Mejor voy antes
a ver cómo está la nena. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Por qué no llora? La miro.
Tan pequeña y vulnerable. Solo pensar en que le pudiera pasar algo… El pecho
sube y baja. Respira. Le pongo el termómetro. No tiene décimas. Y es ahora
cuando me tiembla la barbilla con un llanto callado y de lágrimas escasas.
Pongo
el mantel en el comedor. Una vela. O dos. Esas que huelen a lilas. Todo
preparado. Me siento en el sofá. Tengo mensajes en el WhatsApp. Ojalá que
ninguno sea de Loren avisando de que llegará tarde. Necesito su abrazo cálido.
Sus palabras. Hablar. Me paso el día casi sin hablar. Solo con tenderos y
alguna madre o padre en el parque y poco. Sin comunicación con el mundo. No sé
qué está pasando. Ni tiempo para echar un vistazo a las noticias. Cojo el móvil
y miro. Mi madre que cómo está la niña. Contesto que bien. Loren puso un
mensaje hace un rato. Está de camino. Llega en breve. Una fotografía y un vídeo
de la pandilla con cervezas en la mano y muchas risas. Lo que te estás
perdiendo, dicen.
Voy
a la cocina. Saco el escurridor y vierto el contenido de la olla. Distribuyo
las verduras en dos platos. Escucho la puerta. ¡Ya estoy aquí!, grita Loren. Se
ha quitado el abrigo y lo ha colgado en la percha de la entrada. Deja las
llaves de la casa en la hoja de cerámica del mueble. Viene hacia mí. La miro.
¡Qué guapa está! Me pregunta qué tal me ha ido la tarde. Y yo digo que bien,
que todo muy bien. Ella sabe que estoy agotado. Me pasa la mano por la cara. Me
abraza. Luego, cuando cenemos, te hago ese masaje que te prometí y vemos una
película, promete. Y yo digo que sí, que lo que quiera. Porque mientras las
tenga cerca a ella y a la nena, soy el hombre más afortunado de la Tierra.
26/12/22
LA ESPERANZA. Relato seleccionado en el mes de octubre. Concurso de microrrelatos sobre abogados.
Creí que con el tiempo la piel se me haría más gruesa, pero no ha sido así, la siento cada vez más fina. Me cuesta finalizar la batería de preguntas sin que se me quiebre la voz de puro dolor. Me avergüenza decir esto con una criatura reventada por dentro que no vierte ni una lágrima. Es especial, me digo. O tal vez la endureció la barbarie. La reforma de la ley de aborto, con sus nuevas cláusulas, hará posible que Saray, con trece años y un cuerpo y una mente sin haber llegado a su plenitud de maduración, no pase por un calvario. Yo conseguiré que caiga todo el peso de la justicia sobre su tío, un miserable depredador. Y ella tendrá futuro con toda una vida por delante.
24/9/22
LA MEMORIA
Me veo de niña con un
babi blanco y cinta azul en lazada yendo a la escuela. No recuerdo dónde
llevaba, y si llevaba, la Enciclopedia Álvarez, los cuadernos de dos rayas, los
lápices… Me recuerdo sentada en un pupitre de dos plazas. Y recuerdo que
estudiaba a los Reyes Católicos. Tanto monta, monta tanto. Me gustaba el lema
por lo que significaba. Una mujer valía igual que un hombre. Mis recuerdos se
irán conmigo cuando muera.
Burlarán el tiempo y
pasarán a la historia, en cambio, dos grandes plumas de la Literatura que nos
han dejado este año: Almudena Grandes y Javier Marías. Para siempre.
21/9/22
EL DAÑO
Empujó la puerta con un
cuidado exquisito, como si su mano pudiera lastimarla. El daño había se había
metido en la casa. Se detuvo un momento delante del espejo de la entrada y
recogió el mechón rebelde, liberado del pasador. Los tacones de sus zapatos
golpeaban con el ritmo de las campanas tocando a misa de difuntos, en las
baldosas recién lustradas. Nada le pareció ya igual. Todo era diferente. La luz
pálida de la mañana guillotinaba el salón. Recolocó los cojines del sofá. Aún
no era la hora de la comida familiar. Aún quedaba tiempo. Pasó por las
diferentes estancias hasta llegar a su habitación. Dejó los zapatos, alineados,
junto al galán de noche y se calzó unos más cómodos. Al agacharse le vino la
primera puñalada en el pecho. Se incorporó y tomó aire. ¡Era tan doloroso! No
debió ir. Ya era tarde.
Entró en la cocina. La
miraron un momento, extrañadas ante su presencia, después continuaron con sus
tareas. Las muchachas iban de un lado a otro, siguiendo las instrucciones de la
cocinera. En ella había vida. Cerró los ojos y aspiró hondo el olor de la sopa,
del asado en el horno, de los dulces y el caramelo líquido. Oyó las risas, las
voces cantarinas, el entrechocar de las cacerolas, el chisporroteo del aceite
en las sartenes. Se anudó el delantal a la cintura, tan fina aún y para
siempre. Se centró en cortar verduras en trozos pequeños. Con mimo. Todos
iguales. Sería una gran comida. LA COMIDA. La lágrima peleó por brotar, pero no
alcanzó el lagrimal. No había más. Estaba seca. Una segunda estocada le partió
el esternón. Paró un momento hasta que se hizo soportable el dolor. Siguió.
Pronto vendría todo el mundo y ocuparían sus sillas. Pronto estaría la mesa
llena de comida. A los postres. El momento sería cuando estuvieran con los
dulces. Nunca debió saber. La felicidad habría sido no haber conocido la
historia, sórdida y lacerante, para que no se resecara la sangre vigorosa y
sana, y dejara sin vida, antes de pararlo con un disparo, su corazón tan
blanco.
16/7/22
QUIEN ROBA A UN LADRÓN… SELECCIONADO EN JUNIO EN EL CONCURSO DE MICRORRELATOS DE ABOGADOS
Margarita está sentada bajo el panel luminoso donde van saliendo los vuelos; lo mira con atención mientras protege con sus manos el tesoro de su bolso. Llegará a su país para el aniversario de su marcha, huyendo de la pobreza. Vuelve con las manos rebosando amor, sí, pero también comida, juguetes, y golosinas para sus hijos. Atrás deja la denuncia de su empleador. ¿Espió al señor cuando abría la caja fuerte, para obtener la clave? ¿Dónde estaba el dinero? Acusar sin aportar pruebas, más cuando se trata de dinero negro, circunstancia de la que no había sido informado, lo único que podía traerle era problemas, le dijo su amigo el juez en su despacho antes de hacer público el sobreseimiento de la causa.Margarita suspira hondo y libera la rabia acumulada por tantas humillaciones y trabajo mal pagado cuando se levanta y camina hacia la puerta de embarque.
UN LUGAR DONDE VIVIR. MICRORRELATO SELECCIONADO EL MES DE MAYO EN EL CONCURSO DE ABOGADOS
Me tocó a mí inscribir a Elvira. Amaneció con luz ceniza y manto lluvioso. Parado a la entrada, sin paraguas ni ganas de dar el paso para cruzar la puerta, la miré. Temblaba. Tenía las zapatillas empapadas. El pelo chorreando. El vestido pegado a su cuerpo desamparado. Me quité la chaqueta y se la puse por los hombros. Me miró y esbozó una tibia sonrisa. Gracias, dijo. ¿Gracias? Mamá había muerto. Las dos se cuidaban. Y el pronunciamiento desde el principio de Azucena, que de flor solo tenía el nombre, favorable a la incapacitación judicial por enfermedad mental y el ingreso en un centro, como la mejor opción, acabó por convencerme. Aquello era un asilo. No era sitio para ella. Me agaché a recoger la maleta, agarré del brazo a Elvira y volvimos al coche. ¿A dónde vamos, Ángel?, preguntó mi hermana. A casa, respondí mientras le acariciaba la cara.
12/7/22
PERMANENCIA DE LO EFÍMERO
El
día en que cumplí quince años me regalaron una golondrina. Estaba dormida en la
cama de mi abuela cuando mi madre vino a despertarme y me enseñó lo que traía
en el hueco de su mano. «La han encontrado los albañiles cuando limpiaban el
tejado». Me senté en la cama y la estuve mirando un rato. Tenía el pecho muy
blanco y las alas negras y brillantes como el charol. Intentó moverse, tal vez
volar, pero no pudo alzarse sobre las patas. «Tiene un ala rota», dijo mi
madre, «por eso estaba echada sobre las tejas». Le pedí que me la diera y ella
la dejó en mis manos y salió de la habitación. Levanté un ala, estirándola como
cuando se abre un abanico, y la vi perfecta. Levanté la otra, y en cuando solté
el extremo, se dobló hacia adentro. Aquel regalo me gustaba más que ningún otro
que pudieran hacerme, pero era un regalo condenado a desaparecer. Lo dijo mi
madre antes de dejarme sola: «No te encariñes con ella. Morirá pronto». Sin
embargo, yo me resistía a aceptar que no había nada que hacer. Me levanté de la
cama y fui a buscar a mi abuela. Se había comprado unas zapatillas de paño para
reemplazar las viejas, abiertas en los laterales por la presión de los
juanetes. Le pedí la caja y ella me preguntó para qué la quería. «Es para una
golondrina que me han regalado. Está herida y quiero cuidarla». «Morirá», dijo
ella, «no merece la pena que te esfuerces». Pero yo conseguí convencerla de que
debía intentarlo todo. Recurrí a su lado religioso y le recordé que las
golondrinas eran de Dios porque quitaron las espinas de la corona de
Jesucristo. La abuela era muy llorona. Se enjugó un par de lágrimas
con el pico de su delantal y fue a buscar la caja y me la dio. Metí a mi
golondrina dentro y me fui a desayunar café de malta con leche y pan
migado. Luego busqué en la leñera palitos cortos y, con ellos y un trozo de
cuerda de la que tenía mi madre para atar los chorizos, le entablillé el ala.
La golondrina se removió inquieta, me miró con sus dos bolitas negras como las
cabezas de los alfileres con los que las beatas sujetaban sus velos para ir a
misa, y soltó un trino. Después se estuvo quieta y me dejó hacerle una cama con
algodones y taparla con un trapo.
Mi madre mató un gallo y asó la
cresta en las ascuas de la candela. En esa ocasión no la compartí con mi
hermana, que renunció a su mitad porque era mi cumpleaños. Después hizo arroz
con gallo y una fuente de natillas con galletas María en el fondo. Cuando
terminamos de comer, me fui al patio y esperé a que las moscas se pegaran en
las gotitas de miel que puse sobre el muro de adobe. Cacé dos y fui a la caja
de zapatos y se las puse en el pico a la golondrina. «¡Anda, traga!», le dije.
Pero ella no se movió. Estuve tentada de abrirle el pico a la fuerza y meterle
una mosca, pero pensé que tal vez la lastimara y se las dejé muy cerca por si
se animaba más tarde.
La
abuela me dio unas monedas para que me comprara golosinas cuando saliera con
mis amigas, y mi madre me regaló la falda nueva que había terminado de coser la
noche anterior. Era de pana fina, con un dibujo de rositas, y un cinturón hecho
con la misma tela. Calenté agua y me lavé con el jabón que ella hacía con el
aceite usado y la sosa cáustica. Luego me puse la falda, un suéter de espuma
azul oscuro que marcaba mis pechos, los zapatos de ante marrón y las medias
amarillo canario.
A
eso de las cinco, llegó mi padre del campo. Había cogido unas varas con sus
flores blancas del almendro. Me puse muy contenta porque mi padre nunca se
acordaba de la fecha de mi cumpleaños y porque, después de la golondrina, era
el segundo mejor regalo de cumpleaños que había recibido. Las metí en un jarrón
con agua y después fui a ver cómo estaba mi golondrina. Seguía en la misma
posición, con las moscas al lado del pico. No se movió cuando levanté el trapo
y puse la yema del dedo sobre su cuerpo para comprobar si respiraba. Estaba
caliente, pero sus ojos se veían turbios. La volví a tapar y me fui al patio a
esperar a mis amigas. Había una algarabía de pájaros. Entraban y salían de los
agujeros en el muro de adobe. Elegí una golondrina al azar. Imaginé que era la
madre de mi golondrina y que la estaba buscando con sus vuelos que cruzaban el
cielo azul y rojo. Me fijé en su cola, como unas tijeras abiertas, y tuve un
mal presentimiento.
Escuché
las voces de mis amigas en el zaguán cantándome el cumpleaños feliz. Salí a
recibir sus besos y la tarjeta de felicitación. Era muy bonita, con una ventana
que se abría, un pájaro en el alféizar y una chica con labios en forma de
corazón. Mi madre les ofreció unas hojuelas con miel. Cuando se las comieron,
fuimos a la tienda de los Corrucos y compré unas bolsas de pipas de girasol con
el dinero que me dio mi abuela y las compartí con ellas. A las siete
nos acercamos al guateque que había organizado «la Bicha». Pusieron música de
Los Bravos y del Dúo Dinámico en el tocadiscos. Bailé con un chico que me
gustaba y ese día dejé que se arrimara un poco.
Cuando
llegué a casa corrí a ver a mi golondrina. Estaba fría, con las patas tiesas y
las garras encogidas como si quisiera atrapar el aire. Me fui a la cama sin
cenar y estuve llorando mucho rato en silencio para que no me oyera mi abuela.