21/9/22

EL DAÑO

 



Empujó la puerta con un cuidado exquisito, como si su mano pudiera lastimarla. El daño había se había metido en la casa. Se detuvo un momento delante del espejo de la entrada y recogió el mechón rebelde, liberado del pasador. Los tacones de sus zapatos golpeaban con el ritmo de las campanas tocando a misa de difuntos, en las baldosas recién lustradas. Nada le pareció ya igual. Todo era diferente. La luz pálida de la mañana guillotinaba el salón. Recolocó los cojines del sofá. Aún no era la hora de la comida familiar. Aún quedaba tiempo. Pasó por las diferentes estancias hasta llegar a su habitación. Dejó los zapatos, alineados, junto al galán de noche y se calzó unos más cómodos. Al agacharse le vino la primera puñalada en el pecho. Se incorporó y tomó aire. ¡Era tan doloroso! No debió ir. Ya era tarde.

Entró en la cocina. La miraron un momento, extrañadas ante su presencia, después continuaron con sus tareas. Las muchachas iban de un lado a otro, siguiendo las instrucciones de la cocinera. En ella había vida. Cerró los ojos y aspiró hondo el olor de la sopa, del asado en el horno, de los dulces y el caramelo líquido. Oyó las risas, las voces cantarinas, el entrechocar de las cacerolas, el chisporroteo del aceite en las sartenes. Se anudó el delantal a la cintura, tan fina aún y para siempre. Se centró en cortar verduras en trozos pequeños. Con mimo. Todos iguales. Sería una gran comida. LA COMIDA. La lágrima peleó por brotar, pero no alcanzó el lagrimal. No había más. Estaba seca. Una segunda estocada le partió el esternón. Paró un momento hasta que se hizo soportable el dolor. Siguió. Pronto vendría todo el mundo y ocuparían sus sillas. Pronto estaría la mesa llena de comida. A los postres. El momento sería cuando estuvieran con los dulces. Nunca debió saber. La felicidad habría sido no haber conocido la historia, sórdida y lacerante, para que no se resecara la sangre vigorosa y sana, y dejara sin vida, antes de pararlo con un disparo, su corazón tan blanco.

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