23/12/21

MI NIÑA, MI AMOR

 


Todo el mundo admira el reloj de la hermosa torre levantada en la plaza. Pero casi nadie sabe quiénes mantienen a punto su maquinaria para que las agujas plateadas recorran con precisión milimétrica, segundo a segundo, sus números romanos hasta completar el círculo y vuelta a empezar. Si los habitantes no escucharan las horas, las medias horas y los cuartos, andarían desorientados de un lado a otro, preguntándose qué hacían con sus vidas. Por eso se reúnen y llenan el lugar cada treinta y uno de diciembre. Rinden homenaje al marcador del tiempo que tan bien los ha acompañado durante todo el año.

Las relojeras tienen alas tan transparentes y delicadas que no pueden verse y menos tocarse. A no ser que seas madre de una de ellas. Para nosotras, las madres, nada de lo que atañe a nuestras hijas pasa desapercibido a nuestra vigilancia. Sabemos que nunca hay que cerrar del todo las ventanas de sus habitaciones. Aun siendo invierno, dejamos siempre una rendija. Durante la noche, si las personas no estuvieran durmiendo, regresando de un turno agotador de trabajo en hospitales o residencias, o recogiendo la basura de la plaza, si solo quisieran empacharse de estrellas, las vería como luciérnagas revolotear y jugar felices en el cielo antes de ponerse a la tarea. Pero todo el mundo va con la cabeza gacha. Y mientras la noche sigue, ellas se cuelan en la torre con sus herramientas y, entre todas, engrasan los engranajes, recorren las ruedas dentadas, los mazos, vigilan el tictac, mueven las agujas, limpian y dejan reluciente la maquinaria. Antes de que amanezca, regresan a casa. Traen las plantas de los pies sucias. Todas las madres sabemos que nuestras niñas son seres especiales con grandes responsabilidades, y que si no hablan y apenas se mueven es porque necesitan descansar del ajetreo de sus labores.

La última noche de cada año, después de cenar no acuesto enseguida a mi niña. Es su día de descanso y disfrute. La siento en el salón, mirando hacia el reloj de la plaza, y mientras su padre, sus hermanos y yo, comemos las uvas, ella va siguiendo el rítmico sonido de cada campanada con un movimiento leve de cabeza y una tibia sonrisa satisfecha. 

2 comentarios:

RECOMENZAR dijo...

Una entrada maravillosa de alguien que sabe lo que es la vida y el amor

Lola Sanabria dijo...

Mil gracias.
Un abrazo grande.