14/10/20

VELATORIO

 

Tomada de la red

Cuando el abuelo bajaba las escaleras del doblado, en el segundo peldaño sus manos soltaron el melón que había ido a buscar. Rodó hasta los pies de mamá, que preparaba, conmigo de pinche, pollo con arroz en la cocina, y se abrió dejando a la vista un vientre con pepitas amarillas enramadas en hilos dulces de color calabaza. Detrás llegó él como otra fruta caída, con una brecha en la frente y tieso como la mojama.

El abuelo Indalecio contaba los mejores chascarrillos del mundo. También los relatos más escalofriantes. De aparecidos en caminos enfangados o polvorientos. Muertes con historias detrás de rencores y ajustes de cuentas. Épicas. No como la suya. Yo quería mucho al abuelo y aquel anciano metido en un traje gris y zapatos negros, con la piel de cera y el semblante impasible no era él, siempre tan dicharachero y ocurrente. Lo miré de reojo, atenta a la oscilación de las llamas de los cirios que habían colocado en cada esquina del ataúd abierto. Las ancianas lo rodeaban. Comentaban lo bien amortajado que estaba, lo mucho que echaría de menos en la otra vida sus cercas y la siembra de hortalizas, melones y sandías.

La noche había caído en las calles. Cuando llegó el olor del aceite de oliva y las patatas haciéndose para la tortilla de la cena, los hombres que hablaban en voz baja de cosechas y ganado en el zaguán y en el patio fueron abandonando la casa después de dar el pésame a mamá y el tito Manuel, muy lúgubres los dos, enlutada ella y él con su brazalete negro en la manga de la camisa. Estaban sentados alrededor de la mesa camilla que habían colocado en el comedor que nunca usábamos, cerca de la chimenea siempre apagada. Los acompañaban las vecinas más jóvenes, de la edad de mi madre, la Remedios con el niño sobre el regazo. Me senté a un lado, algo retirada. De vez en cuando a mamá se le hinchaba el pecho con un suspiro hondo. El tito Manuel miraba a cada rato el péndulo de cobre del reloj de pared que marcaba el paso del tiempo. Se levantó a medianoche de la silla. Tenía que madrugar, las ovejas no sabían de desgracias, dijo. Las llevaría a pastar y las encerraría pronto en el cercado para asistir al funeral y el entierro. Después de él se fue la Remedios, con el hijo dormido en sus brazos, y otras mujeres que habían tenido menos trato con mamá. Las ancianas siguieron velando al abuelo en su cuarto, como si hubieran nacido para eso y no las doblegara el cansancio.

La Herminia era como de la familia. La confidente de mi madre. Su paño de lágrimas cuando mi padre se fue a la vendimia de Francia y nunca regresó. Estiraba las eses. como siseo de serpiente, cada vez que le cortaba un traje a essssse desssgraciado que, ssseguro, ssse había liado con una franchuta de essssas. Tenía confianza para levantarse y decir que haría café para todo el mundo menos para mamá. A ella le volvió a llenar el vaso con agua de azahar antes de mover su ligereza de alpargatas y huesos livianos hacia la cocina. Pronto se llenó la casa con el olor intenso de los granos tostados y triturados por el molinillo, borboteando en el puchero.

Después del ajetreo, el sonido de las cucharillas en las tazas y los comentarios en torno al café, se hizo un silencio espeso, apenas roto por el crujido de una silla de anea, una tos, o un suspiro con el consabido no somos nadie. Pasaron las horas. Alguna dio una cabezada. Pura, hija, espabila o vete a dormir, la regañó la Hortensia.

No debió de haber en ese momento ni un solo sonido porque todas lo escuchamos con claridad. Venía del cuarto donde yacía de cuerpo presente el abuelo. Un silbido largo como el que salía de las hojas de aligustre que doblábamos como barquillos para hacer pitos y soplábamos con la boca fruncida. Hubo un sobresalto general. Nos miramos unas a otras, desconcertadas, sin saber en principio de qué se trataba. Con el segundo supimos lo que estaba pasando porque ya no era ese hilo fino y agudo sino un ruido de gran ventosidad.

Nos llegó la voz de la partera que no faltaba ni a un parto ni a un velatorio. Yo los traigo al mundo, yo los veo partir, decía. ¡Ha sido el muerto!, gritó. Fui al cuarto corriendo por si mi abuelo había resucitado. Pero seguía igual de quieto y digno. Puede pasar, suele ocurrir, me informó la comadrona. Son gases que encuentran el camino de salida… ¡Las coles de ayer!, chilló mi madre. Y entonces se escuchó la primera risa sofocada. La segunda más abierta. Y así, entre hipidos y peticiones de perdón a mi madre, se fueron uniendo todas en un coro de carcajadas que arrastró a las más reacias. ¡Ay, joías!, dijo mi madre. Y se unió a las risas. Supongo que los nervios le jugaron una mala pasada.

A mamá le dio una crisis nerviosa. No podía dejar de reír. Tampoco de llorar. En esas condiciones, el tito Manuel (a quien mandaron recado de que volviera) y la Hortensia decidieron que era mejor que no saliera de casa. Le dieron unas pastillas que trajo la partera. Esto tumba a un caballo, aseguró. Mamá no asistió al funeral ni al entierro del abuelo. Pasó todo un día y una noche durmiendo.

Mira lo que me hicieron. No pude despedirme de ti, se quejaba mi madre entre sollozos, muy compungida, cada vez que iba al cementerio a llevarle flores al abuelo. A veces la tomaba conmigo: Tenías que haber hecho algo. Pero no sabía explicar el qué. Algo. Algo. Algo, repetía con rabia. Yo lloriqueaba y ella se apiadaba. ¡Qué podías hacer tú si eras una cría! A su hermano, a la Herminia y a la comadrona les retiró la palabra y nunca los perdonó.

 


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