10/7/19

MARILUZ Y SUS SATÉLITES



La música. Una y otra vez. Vuelta y vuelta. Como San Lorenzo. ¿Dónde fue? En Trogir. El hombre. Aquel sol de justicia lo habría dejado hecho un carbón sin necesidad de pasarlo por la parrilla, que parecía una lira debajo del brazo. Los santos son asina, decía la tita Josefa, mientras pasaba su lengua lasciva por unos labios de grietas y pellejos.
Me puse el pantalón corto, o bañador del último tío con el que compartí aburrimiento, una camiseta de tirantes vaya usted a saber de quién, dos chanclas que supuse mías por el número, si no habrían podido ser de cualquiera de aquellos bribones que entraban y salían de mi casa con un chasquido de dedos, y es posible que lo fueran, porque aún recuerdo un metro y medio de oso peludo que no me duró ni dos gintonic, el desgraciado; enseguida se largó con un cólico de hígado al coleto. Cuatro cosas metidas en la mochila de Juanjo el Vagabundo, que de ese sí me acuerdo bien por lo llorica. Una cosa sin sentido lo de aquel hombre, tan andarín como era, y tan endeble de todo. Sensible que es uno, decía el cabrón, pero era una tetra para que le dieras los mejores sorbos de tequila, el mejor bocado de hamburguesa.
Llegué a la Terminal 2 vencida por el sudor y un mal café a punto de salir a chorros por la boca. Larga cola en facturación y malas pulgas del que atendía en el mostrador. Me dije, a santo de qué te metes en esto, Mariluz, con lo fresquita que estabas en tu casa escuchando mil veces el ¡tra,tra! de Rosalía.  Claro que, ya que estaba allí con un billete para un viaje de esos donde no tienes que hacer nada porque todo te lo dan hecho, no iba a echarme para atrás.
Me relegaron al culo del autocar. Y tan ricamente, oye, porque como nadie quería ponerse cerca, tenía toda la ristra de asientos para mí sola. Que podía hasta estirarme y echar una siestecita. Eso sí, cumplidora que es una, con un cinturón de seguridad por encima de la barriga.
Hoy vamos a cruzar la frontera, avisó Carolina, la niña de rizos rubios y sonrisa permanente, y nos podemos tirar unas horas parados. Luego explicó que el conductor era bosnio y podía bajar con unas cervezas o unas botellas de agua para los policías cuando llegáramos a la aduana. Comencé a interesarme por Iván, metro ochenta de moreno con barriga cervecera, dirigiéndose a sobornar a los de la garita.
            Al bajar del autocar en Mostar, la ciudad acribillada por toda clase de armamento bélico, le puse ojitos a Iván y rocé mi cuerpo, metido en calzones y camisa anchos, con el suyo. Al principio me miró como si un bicho se le hubiera acercado, pero supo ver más allá de las apariencias y adivinar mis encantos debajo de unas ropas que ninguna pija querría llevar puestas.
            Compré seis imanes por cinco euros, a lo tonto,  por rondar al bosnio que andaba cerca bebiendo cerveza en una terraza. Un pibón de cuerpo de bronce y músculos de hierro  llamaba la atención de los guiris con la proclama de que se iba a tirar desde el puente al río Neretva, que discurría con sus diez grados, tan tranquilo, veinte metros más abajo. ¡Qué pasada!, dije. Y entonces escuché el resuello en mi oreja. Los dos sabíamos una mierda de inglés que no pasaba del fuck, y otras palabras imprescindibles.
            Fue un mal polvo en un lugar que no voy a descubrir no sea que los integristas vengan a rebanarme el pescuezo. Iván resultó un fraude. Se me echó encima con la urgencia del cochino jabalí encabronado. Ni me enteré. Y encima sin condón ni nada. Una preocupación que arrastré hasta que dejé un manchurrón en los sillones del autocar que a mí me hizo gritar de alegría y a Carolina, roja como un tomate, rechinar los dientes y ponerme verde perejil.
            El bosnio comenzó con magreos cuando pasaba cerca y creía que nadie lo veía. Yo le daba manotazos y él reía como el tonto el culo que estaba hecho. Soy especialista en liarme con la estupidez y el machurilismo en su grado extremo. Comenzó a acosarme.
            Busqué en Internet, y en el Palacio de Diocleciano de Split, mientras el resto de la manada se aplicaba en hacerse fotografías con el busto del romano, le dije al bosnio: ¡Fuck off, hombre ya! Y algo debió entender porque se puso de todos los colores. Apretó los puños y soltó una ristra de palabras feas (porque seguro que eran muy feas), en su idioma. Creí que me iba a arrear un tortazo y ya estaba preparada para responderle con una patada en los huevos, cuando dio media vuelta y se largó.
            El camino a Dubrovnik fue un infierno. Pasaban las ruedas traseras del autocar rozando los bordes de carreteras con precipicios al mar. Todo dios iba entre mareado y horrorizado.
            Acordaron hacer una colecta de dinero para tranquilizar a la bestia desatada. Circuló una bolsa de plástico de asiento en asiento. Yo colaboré con un pavo. Cuando la guía se la entregó, todas aplaudimos. El tío dio las gracias, metió el dinero en su nevera y amenazó, muy satisfecho, con hacernos la visita nocturna a Dubrovnik. No, por dios, no por dios, no hace falta, se escuchaba por doquier. Al final, como estaba estipulado, cambiamos de conductor y el resto del viaje me dediqué a mirar el paisaje.
            En España, un policía me hizo echarme a un lado, según él para hacerme un registro rutinario. Y ya lo creo que lo hizo. En toda regla y en una cabina. No hacía falta una mujer para eso, dijo. Pero quién iba a resistirse a un joven tan atento y simpático que no dejaba de guiñarme un ojo. Luego sabría que era un tic. Pero esa es otra historia.

No hay comentarios: