8/4/18

PROHIBIDO CORTAR LOS TALLOS TIERNOS


Tomada de la red




Penden del cielo los arcos de palisandro, caoba y ébano policromados con dibujos de niños y jóvenes plenos de vitalidad y alegría. En las grandes extensiones de los parques, la hierba exuberante acaricia los tobillos de los infantes que corren  y saltan de gozo invencible. Grupos de adolescentes gritan, insolentes, su condición de inmortales debajo de un árbol que mueve sus ramas para protegerlos de elementos que puedan lastimarlos. En los bancos, las madres charlan animadamente y comen sopitas de besos ensartadas en pajas de colores. Los abuelos juegan a tumbar dragoncillos con pelotas blanditas. Cuando cae alguno en sus manos, sienten el calor de su aliento en la piel durante un rato. Le agradecen haberse dejado cazar y luego lo sueltan. Los centros educativos se abren a la naturaleza en grandes ventanales donde se puede calcular con un dedo cuánto tardarían dos transportes con diferentes velocidades en cruzarse, antes de llegar al planeta Malena, saliendo a la misma hora, uno de Salem City y otro de Aurora Boreal. En las canchas de baloncesto, los padres juegan un partido con los hombres-cerillas mientras esperan la salida de sus hijos.

            En la amplitud de su vivienda, Saramay conecta el reproductor y el salón se llena de imágenes en tres dimensiones. Panlo, su pequeño Panlo, juega debajo del puente de líquidos multicolores y ranas trinadoras. Lanza guijarros de menta y chocolate y se emboba con las ondas concéntricas que los van engullendo. Absorto en el juego no presta atención a la retirada de los batracios ni al tronar de la montaña de las neveras. En unos segundos, el agua helada lo golpea y arrastra río abajo, río abajo, hasta dejarlo sobre el Lecho de Arena de los Niños Muertos. Imagen desoladora que hace brotar cristales de dolor en los ojos de Saramay. Y sin embargo son apenas unos minutos. Enseguida llegan ellas, amorosas mariposillas que se unen en una colcha mullida, como nube de algodón dulce, que levanta y traslada por el aire a Panlo hasta el Centro de Reanimación. Su madre lo espera en la puerta, alborozada, cuando el hijo regresa a la vida.

            Acabada la recreación, Saramay entra en el habitáculo donde su hijo duerme, se acuclilla, coge su mano y la mira. Los dedos con sus hoyuelos, la piel suave y sin mácula, la palma dispuesta a dar y recibir aún tanto y tan variado. Hicieron bien cuando eligieron LA LEY: Ningún adulto puede sobrevivir a niños y jóvenes. Ningún padre, ni madre,  ni abuelo o abuela a sus hijos y nietos. Va contra su naturaleza. Así quedó para siempre grabado en la gran piedra.

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