11/2/14

DOBLE VUELTA DE TUERCA

Tomada de la red.


Para mi cuña-cumpleañera y su afición a la novela policiaca.

El eco del último camión de la basura aún reverberaba en la calle, cuando echó la llave a su casa (cerradura de seguridad por si los ladrones), tiró del trole y entró en el ascensor dispuesta para aquel viaje. Las farolas recién apagadas y las aceras húmedas del relente de la noche. Despacito, no te vayas a caer que ya sabes cómo tienes los huesos, se dijo. Y, un paso delante de otro, llegó a la parada de taxis. 
- ¿Adónde?- le preguntó el conductor, desganado y algo irritado, dedujo ella con su aguda intuición.
- A la estación del Norte.
- Esa ya no existe.
- Por supuesto que sí, caballero. Y póngase en marcha que tengo prisa- dijo la mujer.
     El hombre dejó el calor de su asiento y salió a meter el equipaje en el maletero.
     Durante todo el trayecto ella se puso los auriculares de su mp4 en un intento de bloquear el ruido de una tertulia radiofónica donde el insulto rodaba de una boca a otra. Imposible, el tono agudo entraba hasta taladrarle el oído. 
- ¡Eh, oiga, apague eso!- ordenó al taxista.
- No señora, no lo apago, el taxi es mío y hago lo que quiero- contestó él.
- Pero yo le pago la carrera- contestó ella.
- Si no quiere escuchar lo que a mí me da la gana, se baja y ya está- dio él el ultimatum.
- Me aguanto porque tengo prisa, si no...- concedió la mujer mientras pensaba que la propina se la iba a dar Rita la Cantaora.

      La mañana se abría con unos tímidos rayos de sol cuando llegaron a la estación.
Bajó la mujer después de pagarle lo justo y despedirse con un a usted le vendría bien ir a uno de esos campos de reeducación.
      Nada más empujar la puerta se detuvo. Cerró los ojos y aspiró hondo el olor a ejes engrasados, a gasoil y a cafés y croasán recién horneados. Consultó el reloj. Faltaba una hora. Tiempo para desayunar. Tiró del trole hasta el bar atestado de personas.
- ¿Me permiten, por favor. Estoy baja de azúcar y tengo que comer algo, no sea que me desmaye- decía mientras se abría paso metiendo la mano derecha entre espalda y espalda.
     Viéndola mayor y con cara de dar lástima, los brotes de protesta quedaban abortados en la garganta. Todos se apartaban. Incluso consiguió un taburete en la barra, al que subió con la agilidad de la gacela.
      Una vez acomodada en su sitio, echó un vistazo al expositor y, alzando la voz sobre el barullo, pidió un café con leche y dos porras. Para que se entere el colesterol de quién manda aquí, se dijo.
     Después del desayuno abandonó la cafetería. Fuera, estuvo mirando el tránsito de hombres, mujeres y niños de un lado a otro cargados con bultos y maletas. Algunos se abrazaban a pie de tren. Otros se despedían desde las ventanillas. Lágrimas, besos, risas, emociones... En una estación se encuentran todos los sentimientos que puedan darse en el ser humano, todas las grandezas y miserias. Miró su billete. Andén 2. Hacia allí se dirigió. A medio camino escuchó por el altavoz que su tren estaba estacionado. La recibió a la puerta un empleado que, ante su gesto de andar perdida y algo cansada, no dudó un segundo en subirle el equipaje y llevarla hasta su asiento. 
     El tren salió puntual de la estación del Norte. Ella sacó un paquete de pañuelos de papel y se enjugó una lagrimilla en cuanto se puso en marcha.
- ¿Se encuentra mal?- le preguntó el señor de porte distinguido que ocupaba el asiento vecino.
- La emoción, caballero, la emoción.- comenzó la mujer- ¡Hace tanto que no viajo! Creo que desde aquella vez que fui con un grupo de la Asociación para la integración de personas desarraigadas, o algo así, ya no me acuerdo. En aquella ocasión fuimos a un balneario, un sitio de esos para los nervios- prosiguió su relato. El hombre puso cara de susto previendo lo que se le venía encima. Y encima se le venía unas horas de escucha sin más descanso que la visita a los servicios.
      A la una, aunque no tenía hambre, el señor abandonó su asiento y se dirigió al coche-restaurante con la intención de comer en soledad. Ella miró el reloj y comentó lo rápido que se pasaba el tiempo con la charla en buena compañía. Dijo que también iría a comer lo que hizo que al señor le entraran las prisas y enfilara el pasillo casi a la carrera.
      Observó la mujer el panorama que se le ofrecía desde la puerta y volvió a sentir la emoción humedeciendo sus ojos azul cielo con nubecillas. Las mesas vestidas con manteles blancos, los jarroncitos con una flor, los cubiertos a cada lado de los platos, y la vida que bullía en el campo pasando pletórica por las ventanillas. Suspiró hondo mientras buscaba a su compañero de asiento con la mirada. Lo encontró sentado en una mesa completa. Tendría que conformarse con otro comensal con quien compartir viandas y conversación. Al fondo vio a una joven sentada sola. 
- ¿Puedo?- preguntó la señora cuando ya estaba acomodándose en la misma mesa.
- Sí, claro, cómo no- contestó la joven de una forma que, la de más edad, enseguida catalogó como nerviosa y asustada.
- ¿Viaja sola?- preguntó la señora, adoptando un tono impersonal, como si no tuviera mucho interés en la contestación, mientras miraba la carta.
- Sí, sí, sola- se apresuró la chica en contestar. Pero a la mujer no le pasó desapercibida la mirada en rededor de la joven. Como si buscara a alguien.
- Yo también. ¿Viaje de placer?
- No. Sí, bueno, de todo un poco.
- ¡Ya! ¿Y dice que es usted de...?
- No he dicho nada. Perdone.
      La joven se levantó de la mesa y abandonó el vagón apresuradamente. Para la señora estaba claro: huía de alguien. Y ese alguien no podía ser otro que el tipo con pintas estrafalarias que salió detrás de ella. ¿Un asunto de drogas? ¿Una herencia? ¿Un secuestro de algún familiar? El perseguidor era americano. ¿A quién, si no, se le podía ocurrir ponerse un pantalón de cuadros grises y negros, calcetines amarillo chillón y chaqueta a rayas verdes y azules. Americano, seguro. Y ella... Hablaba muy bien castellano, pero podía ser de los países del este. Eran listos como ratones colorados para esto de los idiomas. ¿Un caso de espionaje? Era lo más probable. Lo que estaba claro era que la muchacha corría peligro. 
     Pidió un consomé con jerez, unas chuletillas de cordero con patatas paja y mousse de chocolate. Vino, pan y café. Mientras comía no dejó de pensar en la joven; su cara le resultaba familiar, pero por más esfuerzos que hizo no consiguió recordar dónde la había visto antes. ¡Qué lástima de cabeza, con lo que he sido yo!, dijo bajito. En realidad en aquel tren había muchas personas que le parecía haberlas visto antes. Decidió dejar de lado la nostalgia de lo que fue y centrarse en lo que se traía entre manos. Después de todo había sido una suerte que le hubiera tocado aquel viaje contestando a unas estúpidas preguntas sobre detergentes, a la salida de su casa.
     Acabó la comida y aunque el cuerpo le pedía una cabezadita en su asiento, decidió recorrer el tren a la búsqueda de la joven. Al levantarse de la mesa se dio cuenta de que había personas esperando a que lo hiciera para poder comer. Miró el reloj, las tres, sí que se había entretenido en rebañar huesos, sí. Muy bueno todo, dijo a la impaciente pareja que le lanzó una mirada asesina. Estos dos no me suenan, pensó mientras se dirigía al siguiente vagón. Recorrió el  tren de arriba abajo sin encontrar a la chica. 
- Oiga ¿ha visto a una joven  flaca (se ve que no come bien), de  ojos negros y melena castaña?- le preguntó al empleado.
- Señora, con esa descripción hay así- y unió la punta de los dedos enguantados de su mano derecha.
- Bueno, ésta va vestida con una camiseta negra con bichos y un pantalón vaquero.
- No he visto a nadie- contestó él disponiéndose a seguir su camino, lo que impidió la señora agarrándolo de una manga de la chaquetilla.
- ¡Pero tiene que haberla visto! Huía de un tipo estrafalario- insistió la mujer-. He recorrido todo el tren y no la encuentro, sin embargo me he dado cuenta de que hay unos compartimentos cerrados en un vagón...
- El coche cama- aclaró el hombre dando un tirón para soltarse.
- ¡Ahí es donde está!- afirmó ella con una palmada.
- No, señora, están cerrados, se abrirán cuando el tren vuelva de noche a su lugar de origen. 
- ¡Abra esos compartimentos ahora mismo!- exigió la mujer.
- ¡De ninguna manera!- se escandalizó él- Y ahora si me permite- concluyó mientras seguía su camino.
     La señora se quedó sola en mitad del pasillo. Estaba segura de que a la chica le había pasado algo. Y lo estaba porque había vuelto a ver al tipo estrafalario en la cafetería conspirando con otros dos con una pinta parecida a la suya. Hablaban y reían bajito y cuando ella pasó se callaron. Tenía que hacerse con las llaves y entrar en esos compartimentos. Así que ideó un plan. No había tiempo que perder.
     Fingir un síncope no le resultó difícil, de hecho ella misma se había preguntado alguna vez cuánto había de real en aquellas bajadas de tensión (según ella afirmaba y el médico confirmaba a toro pasado), y cuánto de sofoco por cualquier contrariedad sufrida. Tirada en mitad del vagón, a la vista de todos, enseguida se formó un corrillo que amenazaba con cortarle el resuello. ¡A que me ahogan estos estúpidos!, se alarmó ella. Entonces apareció un señor que se identificó como médico y, después de tomarle el pulso y hacerle algunas preguntas, dijo que aquello había sido una bajada de tensión. 
- Ya me ha pasado más veces- balbució ella- Y lo que necesito es tumbarme un rato para recuperarme.
- Claro, claro- concedió el doctor- ¿Dónde podría echarse?- preguntó, volviéndose al empleado.
- No sé...- dudó él.
- ¿No hay unas camas o algo así?- dijo con un hilo de voz la mujer.
      Y todos los congregados estuvieron de acuerdo en pedirle al empleado que abriera un compartimento donde la señora pudiera reponerse.
- No se preocupen, puedo andar apoyada en alguien- dijo la señora cuando se ofreció a llevarla en brazos uno de los viajeros con pinta de quebrantahuesos. 
     El empleado abrió uno de los compartimentos. La señora se tumbó en la cama, dijo que estaba bien así y que necesitaba reposo y tranquilidad, para quitarse de en medio al médico y a sus seguidores. Pero retuvo al empleado, cuando también iba a marcharse, pidiéndole un vaso de agua. El hombre dejó las llaves sobre la mesita supletoria y entró en el pequeño lavabo momento que aprovechó ella para guardarlas bajo la colcha. Ponía ya cara de no tener ni idea y mejor la dejaba sola y buscaba por otro lado porque hay que ver lo mal que se encontraba, pero, después de acercarle el vaso de agua, el empleado se fue sin preguntar por las llaves, como si se hubiera olvidado por completo de ellas.
       Nada más quedarse sola, llaves en mano, se dispuso a abrir los compartimentos. No tuvo que buscar mucho, justo en el que estaba pegado al suyo encontró a la joven. Y, tal y como temía, estaba muerta, cadáver seguro, no tenía ni que acercarse a comprobarlo: un puñal en el pecho y una enorme mancha roja certificaban que se encontraba ante un asesinato. Y ahí sí que perdió el conocimiento. Porque era ver sangre y se le iba la vida. 
     Despertó sobresaltada en su compartimento. Ni idea de cómo había llegado hasta allí y ni rastro de las llaves. Salió al pasillo pidiendo ayuda a gritos. Volvieron a arremolinarse a su alrededor un grupo de viajeros junto con el empleado.
- ¿Y las llaves?- le preguntó la mujer mientras le clavaba las uñas en la muñeca.
- ¡Señora que me hace daño!- se quejó él- ¿De qué llaves habla?
- No se haga el tonto, de las que abren los compartimentos. Se las dejó olvidadas aquí mismo. 
- ¡Claro que no!- se escandalizó el hombre- Las llevo siempre sujetas con una cadena para no perderlas- dijo mientras las sacaba del bolsillo.
- ¿Me llama embustera? ¡Se las dejó, se las dejó, se las dejó!- la señora se había puesto rojo de indignación.
- ¡Cálmese! Que alguien le dé un vaso de agua- terció el médico.
Después de unos sorbos, la mujer, haciendo un esfuerzo por controlarse, le exigió al empleado que abriera el compartimento siguiente al de ella.
     Al principio el hombre se negó a hacerlo alegando que ya se había arriesgado bastante dejando que ella ocupara un lugar que no le correspondía, pero ante la insistencia de los reunidos y la petición del doctor de que lo hiciera para tranquilizar a la señora, accedió de mala gana.
     Todos los reunidos fueron detrás del empleado y la mujer hasta el compartimento vecino. Aguardaron expectantes a que el hombre abriera la puerta y comenzaron a empujarse unos a otros para intentar ver lo que había dentro. Y dentro no había otra cosa que la cama.
     Segundo síncope no simulado de la mujer. En esta ocasión sin perder el conocimiento. Más bien fue un ataque de nervios en toda regla. Chillaba como si la estuvieran degollando.
- ¡Estaba aquí, aquí, aquí mismo! ¡Ha sido el de la chaqueta a cuadros y sus secuaces!- Y tú, tú- dijo, dirigiéndose al empleado- tú estás con ellos.
- ¡Tranquilícese señora!-. El médico comenzaba a inquietarse- Le va a dar un infarto.
- ¿Usted también está con ellos? Seguro. Todos están con...
     Reparó en la presencia del estrafalario y sus amigos que habían aparecido de repente. Pero para aparecidos, la muerta. Allí estaba, como público de una función, sin sangre, ni puñal. Y ahí a la señora, frágil de cabeza por la falta de riego, según ella, se le fue el norte. Se abrió paso a empellones y sin pensárselo dos veces, cualquiera diría que pudiera tener fuerzas para eso, tiró del freno de emergencia y luego huyó despavorida para encerrarse en el váter.
     Cuánto tiempo estuvo detenido el tren, cuánto encerrada la señora, no se sabe, pero ya la noche había alcanzado los campos cuando llegaron los bomberos y echaron la puerta abajo. La mujer gritaba, con los ojos dando vueltas dentro de las órbitas, que allí había ocurrido un asesinato, aunque no- y ahí le entraba la risa nerviosa- porque la fallecida había resucitado, mientras dos enfermeros se la llevaban en volandas, cada uno agarrándola de un brazo hacia la ambulancia que se había desplazado hasta allí.
     Asomados a las ventanillas, los viajeros la vieron partir entre suspiros de alivio.
- ¿Creéis que será suficiente?- dijo el de la chaqueta a cuadros.
- Tiene que serlo. Nos hemos gastado todo el dinero en esta farsa. La Fundación está sin fondos- terció el que dijo ser médico.
- La declararán incapacitada, seguro. ¿Habéis visto cómo me miraba?- terció la joven supuestamente asesinada.
- Así lo espero- suspiró el señor del asiento de al lado de la mujer-. ¡Menuda paliza me ha dado la vieja!
- Da un poco de reparo- dudó el supuesto empleado.
- ¡A mí ninguno! Mucho os dejo todo, todo, para los pobrecitos niños de África pero al paso que iba, con lo bien que se cuidaba, habría acabado enterrando a todo el continente africano, la muy avara.
- Tampoco estará mal en el sanatorio- dijo el conductor del tren.
- El mejor- aseguró el maitre.
- De eso me encargo yo- aseguró el doctor.
- Bien- dijo el empleado.
- ¡Bien!- corearon todos.
     Y se fueron  al vagón cafetería donde descorcharon una botella de champán y brindaron por el éxito de tan brillante plan.


      Y hasta ahí el relato de Rosario de la Flor Blanca, heredera de un imperio de fábricas de envasado de tomates, durante su breve estancia en el sanatorio “La alegría de vivir”, donde trabajo como celador para poder comer, aunque mi verdadera vocación es ser escritor de novela policiaca. En cuanto ella supo de mis ambiciones literarias, se ofreció a contarme las circunstancias que la habían llevado hasta allí. A pesar de la encerrona que le habían hecho los de La Fundación para el Progreso y el Pan en África, no parecía muy alterada y no hubo que darle medicación. Al poco tiempo de su ingreso demostró ante el Comité de Evaluación de Mentes Enfermas, que no solo no estaba loca sino que, además, gozaba de una excelente salud física que auguraba muchos años de vida. 
     El día que le dieron el alta me mandó llamar. Fui a visitarla a su habitación y mientras doblaba cuidadosamente su ropa y la guardaba en la maleta, me contó el resto de la historia.
     -   Sé que se han quedado en la ruina, pero no siento ninguna pena por ellos. ¡Querían quedarse con mi dinero y encerrarme aquí de por vida! Naturalmente he cambiado el testamento. Le he dejado unos miles a mi infiltrado en el grupo- a lo mejor también anulo eso- por los servicios prestados. ¿Quieres saber quién era? Te has quedado de piedra, por lo que veo. Deduzco que no. Bien, prosigo. Gracias a él supe lo que tenían planeado. Sí, sí, no me mires así: lo sabía todo desde el principio. Y colaboré. A mi edad se tienen pocos alicientes y esa era una oportunidad única de vivir una aventura, con gastos pagados, que no me iba a perder; amén de darles un buen escarmiento. Cierto es que le he echado mucho de mi cosecha al cuento. ¿Cómo lo llamáis los escritores? ¡Ah, sí, licencias literarias!- y ahí le entró un ataque de risa que culminó con tos y lagrimeo. 
     Rosario de la Flor Blanca terminó de hacer el equipaje, luego me pidió que le llevara la maleta hasta el taxi que esperaba en la puerta.
     Antes de entrar en el coche, me advirtió:
- Si piensas publicar lo que te he contado, tendrás que repartir conmigo los beneficios, si los hubiera, que te reporte el libro. No lo olvides. Y no intentes engañarme, tengo mis fuentes y llegaría a enterarme.
      Me quedé plantado con una nube gris y espesa en mi cabeza, incapaz de reaccionar, mientras veía cómo el vehículo se alejaba por el sendero hasta la verja.

7 comentarios:

Cora Christie dijo...

Si yo tuviera la suerte de haber sido tu cuña, por esas casualidades de la vida y los casamientos, me diría que ha resultado muy corto el camino recorrido para encontrarte con esta "Doble vuelta de tuerca" rebosante de humor, ternura, ironía y talento.

He quedado prendada de esa componente de la "Asociación para la integración de personas desarraigadas", ferroviaria por genética, con helicobacter tertuliana de pro y sagaz descubridora de confabulaciones malévolas.

Inmune a su paso por "La alegría de vivir" esta Rosario de la Flor Blanca no pierde el tiempo y se asegura futuros beneficios editoriales con su confidente,
de aquella manera tan sibilina y preocupante como salida del pensamiento de una Corleone con denominación de origen: ".. no intentes engañarme, tengo mis fuentes y llegaría enterarme..."

¡Una pieza de cuidado! la que se oculta entre puntos suspensivos.

Ya digo: ¡Qué suerte tienen algunas!



Juan Leante dijo...

Felíz cumple hermanita.
Y estupendo regalo el de la Lola, sobre todo por la ambientación tan apropiada que le ha dado.
Besos a las dos.

Lola Sanabria dijo...

Suerte la mía por tener cuña y amiga de quien echar siempre mano.


Sobre todo porque me la sugeriste tú, Juan.

Abrazos a pares.

Nenúfar dijo...

Lola, he pasado un rato divertidísimo con las vicisitudes de esta astuta y traviesa ancianita. Y, por consiguiente, te agradezco que hayas compartido con tus lectoras/es este regalo para tu cuñada.

Tengo la impresión de que en este relato hay mucho de complicidad y de cariño.

Un abrazo.

Lola Sanabria dijo...

Así es Nenúfar, hay toneladas de complicidad y cariño.

Abrazos a pares.

Patricia Nasello dijo...

Gracias por esta generosa entrega, Lola.
Te devuelvo la sonrisa que este cuento me provoca
Y un beso

Lola Sanabria dijo...

Gracias a ti, Patricia.

Abrazos los que quieras.