12/8/11

PENÚLTIMA FRONTERA

Queridos blogueros yo también me voy unos días. La casa está en buenas manos. Mientras, aquí os dejo un relato de ausencias. Va por vosotros.
Cuando subía el cristal de la ventanilla, cerraba los ojos y veía las tres figuras en el andén como una escena de aquella película que pasaron varias veces en el cine de verano. Elena en medio, con una mano extendida y la otra cerrada en un puño con el pañuelo mojado de llanto. Mi hermano Ambrosio a su derecha, también despidiéndome con una mano y los dedos de la otra en el hombro de mi mujer. A su izquierda, Amelia, mi niña chica, apretando contra su pecho el hipopótamo de trapo.
Me quería tirar del tren allí mismo. Rodar por la ladera y volver andando a mi pueblo. Y durante todo el recorrido no dejaba de decirme: “Tú aguanta, que sólo es un mes. Tú aguanta, que como mucho dos”. Y así me iba resignando. Luego pasaban los días como alquitrán pegado a los zapatos. Hileras de cepas que se perdían en el cielo y a las que nunca terminabas de arrancarles las uvas. Trabajar, comer; trabajar, cenar, dormir. Poco más. De vez en cuando, algún compatriota se animaba a hacer unas migas en la casa compartida. Era peor. Me entraba una morriña de muerte comiendo aquellos trozos de pan con embutido insípido. Se humedecían mis ojos recordando las que hacía Elena, con el chorizo de matanza, aquel que se curaba con el humo de la chimenea, su tocino veteado, sus pimientos secos, sus ajos. Migas con uvas. Sobre las trébedes y con unas sardinas de Málaga.
Pero aquellas eran las menos. La mayoría de las veces comíamos del rancho que preparaba una mujer seca y avinagrada, con la que nunca hablé porque no conocía ni una palabra del idioma. Y podía haberlo aprendido, que no era tan difícil. Porque esta jerga que oigo ahora, no hay dios que la entienda. A ver dónde está el intérprete para esto.
Aquí no hay cementerios con sus tumbas y sus lápidas. Aquí no puedo escribirle a Elena, como hacia cuando me iba a la vendimia, y contarle que me dan miedo las tapias, tan bajas que si te mueres, sólo hace falta que te echen en volandas por encima del muro y ahí te quedas para siempre. Aquí no hay hollejos y pulpas pisadas que fermentan y te hacen llorar sin quererlo. No puedo decirle que añoro el olor de la aceituna prensada con la muela y el zumo ámbar escurriendo por los canales hasta los pozos. Ni que disparo con el dedo a una bandada de pájaros mientras recuerdo el hedor de la pólvora y veo a los perros rastreando la sangre de la liebre que intenta llegar a la madriguera. Tampoco puedo enviarle dinero, ni hacer un extra y llamarla por teléfono.
Me gustaba desahogarme con ella y hacerle preguntas sobre la niña y mi hermano, al que imaginaba a su lado todos los días, comiéndose los lomos de la matanza en el jogarín. Me daba una rabia ciega pensar que la mala suerte se había cebado conmigo, agricultor, y no con él, un chupa tintas del Ayuntamiento con un sueldo fijo todo el año. Pero cuando estaba más tranquilo, me alegraba de tener a Elena y a mi niña chica. Eso mi hermano no podía tenerlo. Por eso le escribía también a él de vez en cuando, para que no se hiciera ilusiones, para recordarle que volvería al pueblo después de la vendimia y estaría otra vez con mi mujer y mi niña chica.
Ahora no sé la fecha de mi regreso. Ni si habrá regreso. Creo que no. Estela, que fue el nombre que le puse, se esfuerza por entender mi idioma y viene a verme todos los días a esta enorme pompa de jabón donde vivo y de la que no puedo salir, aunque nada sé cierto. Pero sospecho que si intentara abandonarla, moriría. Pregunta qué quiero, yo le digo que volver a casa, y ella se pone triste.
No sé cuánto tiempo ha pasado. Aquí no hay almanaques y las hendiduras que hago en las paredes con el dedo, se alisan en dos o tres vueltas espaciales. No sé si fue hace un año, o dos, o tal vez tres, cuando la curiosidad me llevó hasta aquel agujero negro en mitad del sembrado. Me pregunto qué pensaría Elena cuando desaparecí sin dejar ni una carta de despedida. Supongo que al principio me buscaría. Daría parte en el cuartel de la Guardia Civil; viajaría a la capital y pegaría carteles en las paredes de los edificios, en los coches, en los troncos de los árboles, en las farolas; llamaría a la radio y a la televisión, a los periódicos. Hasta que se cansara. Porque nadie espera eternamente. Tal vez piense que la he abandonado, que ya no la quiero. Quizás me haya dado por muerto. Ahí estará mi hermano para consolarla.
Y si pudiera volver ¿qué le diría a Elena? ¿Que sembraba el trigo cuando vi aquella mancha negra como una sombra sin árbol; que fui hacia ella y La Tierra desapareció bajo mis pies? Nunca me creería. Me echaría de su lado como a un loco o a un traidor. No sé con cuál de las dos posibilidades se quedaría, pero en cualquier caso, la habría perdido para siempre. La he perdido. No puedo volver. Antes, ella esperaba mi regreso; ahora no. Esa es la diferencia entre irse a trabajar fuera para tener ahorrado un dinero en caso de que llegue un año de sequía o el pedrisco destroce las cosechas, y este viaje inesperado, sin despedida, ni cartas, ni llamadas de teléfono.
Al principio de estar aquí, me desesperaba y temía por mi vida. Ahora sé que no tienen intención de hacerme daño, que me dejaron en este gran globo elástico y transparente, y llenaron de agua los pétalos de cristal líquido que flotan a mi alrededor, para que pudiera vivir. Procuran no molestarme, sólo Estela viene a verme. Antes me daban pavor esas cosas largas colgándole del cuerpo. Evitaba mirarla y me alejaba de ella para que no hubiera el menor contacto.
Ha pasado el tiempo y ya no huyo ni miro hacia otro lado cuando entra en la burbuja. Ya no siento rechazo. Porque tiene unos ojos muy grandes que cambian a menudo de color. Son morados si le digo que quiero volver a casa, y son un arco iris que va pasando, si me ve comer esta especie de batatas saladas y cintas con sabor a pescado y no pongo caras raras como antes, ni arrugo la nariz con el olor intenso, a mar profundo, que se cuela cuando ella atraviesa las paredes de mi casa. Podría hacer un esfuerzo por entenderla. Podría hablar su idioma. Podría quedarme.

11/8/11

EL ASPIRANTE


Nunca supo el porqué de su infortunio. Le gustaba la vida. Tenía salud, una mujer a la que amaba y un hijo con la rebeldía propia de una adolescencia de libro. Entonces ¿por qué aquella amargura regurgitada desde lo más hondo? “Lo que te ocurre es por ser demasiado optimista. Mírame a mí: como espero poquitas raciones de felicidad, con cualquier cosa me contento”, le decía una y mil veces su mujer, como quien repite una letanía. Y él pasó del “mea culpa” a un odio cada vez más generalizado hacia los humanos. Sólo aguantaba a su gato, con quien no tenía problema alguno de comunicación. “Cada vez que me encuentro con el del tercero, me dan unas ganas de darle un puñetazo...”, se decía para sus adentros, pues ya había renunciado a transmitirle sus venenos a la mujer que era feliz pintando la terraza de azul cobalto o yéndose a las rebajas de las que volvía con un trapito que luego tiraba a la basura porque, a ver para qué quería ella una falda de lunares. De su trabajo, ni hablaba, para qué si era basura de último cuño capitalista. Aguantar, tenía que aguantar un rato largo las impertinencias de su jefe. Y el sueldo ni mencionarlo. En esas estaba, apurando los últimos gramos de optimismo, cuando se le ocurrió gritar a un conductor que lo había adelantado por la derecha que ojalá se lo llevaran los demonios. Fue decirlo y pararle el guardia civil y meterle un tajo de puntos que lo puso al otro al borde del llanto. Aquello, pudiendo ser una casualidad, no dejó de mosquearlo, así que detuvo el coche en el arcén, prendió un cigarro, aspiró fuerte y con una medio borrachera de alquitrán y nicotina, hizo el conjuro: “Vendería mi alma al diablo por aderezar el camino de mi vida con un puñado de cadáveres”. Entonces el guardia civil se le acercó y dijo: “Poder, puedo, pero no tanto. Sobre la vida y la muerte, manda Él, que para eso nos derrotó en la madre de todas las batallas. Ahora, si tú quieres, me quedo con esa piltrafilla de alma que arrastras por los suelos a cambio de algún descalabro de tus enemigos”. “¡Hecho!”, dijo él, tendiéndole la mano en un apretón más que caliente. “Lo siento, hombre, es que de donde vengo todo es brasa”, se disculpó el diablillo, pues eso dijo ser. Acordaron su primer trabajito: convertir a la mujer en una amante endiablada, no sólo siempre dispuesta a practicar el sexo, sino también, y eso era lo importante, una oyente activa que se quedara, cual papel secante, con todas las penas que él fuera estampando en su cabeza.
Cuando llegó a su casa, su mujer se acercó con los ojos brillantes de lascivia, en tanga y sujetador a medio pecho, le echó los brazos al cuello, cogió el labio inferior del marido con los dientes y le dio un mordisquito que le enderezó todo lo que había de lacio en su cuerpo. Luego ajustó el rojo fuego de sus labios a los de él y ardieron juntos en las llamas del mismísimo infierno.
Al día siguiente, le pidió al comprador de almas que arruinara a su jefe, ya que estaba claro que pensaba despedirlo. El diablillo aceptó encantado y le retiró al jefe todos los fondos de sus cuentas bancarias. El resultado de esa intervención acabó con un salto mortal del arruinado desde el decimonoveno piso de su apartamento, y las carcajadas satánicas del que antes fuera un alma en pena y que ahora andaba más contento que unas castañuelas en la feria de Sevilla.
Del hijo exigió, no respeto, sino sumisión y vuelta a las buenas maneras, porque, a ver qué era eso de tutear al padre; de usted y firme cada vez que él lo llamara para pedirle algo. A la suegra la mandó varias veces al hospital cuando se ponía cargante, pues con ella no valía conjuro alguno para doblegar su voluntad de arpía. El diablillo le confesó que tal vez fuera un demonio a medio hacer y por eso no había forma de que hincara la rodilla ante él. Pero no pudo librarse de una caída por la escalera del autobús, ni un cólico nefrítico que dejó el rastro de sus uñas en los camilleros que vinieron a buscarla en una ambulancia.
Comenzaron entonces los síntomas de una adicción al mal que puso al diablillo contra las cuerdas. “Que me quites de en medio a ese tío engominado”, ordenaba el vendedor de alma con los ojos volteándose en las cuencas y la excitación engarfiando sus manos. “¡Pero, hombre, ¿qué te ha hecho?!”, se escandalizaba el diablillo. “Su mera existencia me molesta. A ver cómo puedes meterle un buen puro. A ser posible con un final como el de mi exjefe”, le ordenaba con una risa cada vez más satánica. El tipo pagó sus excesos de gomina con una caída irrecuperable de pelo. Empezó a sufrir las burlas de los niños del barrio, y su vanidad encogió en la misma medida que su cuerpo se doblaba hasta exhibir una hermosa joroba en su espalda que provocó la risa del vecindario, y lo hizo encerrarse en el piso de donde lo sacaron medio enterrado por las bolsas de basura y con algún mordisco en las orejas por los ratones que habían tomado la casa.
Al cabo de un año, el diablillo intentaba esquivar al tipo sin alma que lo mismo pedía una rotura de piernas de un alcalde corrupto que una embolia de un especulador de vivienda. Se daba cuenta de que el humano ganaba en ánimos y ganas de vivir e iba de víctima en víctima, cual garrapata engordando en deseos de maldad, mientras él estaba cada día más alicaído y comenzaba a sentir remordimientos y pena por todos los que, de una manera u otra, terminaban engrosando las necrológicas de los periódicos. “Mira que nos la estamos jugando, que ya te dije que en los temas de la muerte no debía meterme”, le avisaba al desalmado. “¿Y quién dice que te metas? Si uno quiere morirse, pues que lo haga”, soltaba el exterminador de humanos con una carcajada del más allá. “Este me quita el puesto”, se dijo el diablillo. “Está haciendo méritos para pasar directamente a demonio con derecho a cornamenta, que era lo que me correspondía a mí”. Y en un último intento por acabar con el aspirante a demonio, urdió una trampa: puso la billetera al alcance de la mano del hijo adolescente con el convencimiento de que no sería capaz de hacerle daño a los de su propia sangre. “Me lo dejas en manos de la pija de la Rosario para que le retuerza los cojones, metafóricamente hablando, y se quede de por vida de calzonazos”, pidió el padre sin que la voz le temblara lo más mínimo. “¡Pero hombre, que es tu hijo!”, soltó el mediodiablillo, pues ya estaba sintiendo como un humano. “¡Quién lo sabe!”, dijo el mediohumano que ya notaba su transformación en demonio. “Además que yo lo que quiero es largarme a Manhattan, al mismo corazón de la maldad, y dedicarme a la compra-venta de almas. Así que puedes quedarte con él, te lo regalo”, y comenzó a llenar la maleta de bolsas con dinero. “!Pero tú no puedes!”, chilló el que ya sentía como humano, sabiendo que había perdido la partida. “A ver si te crees que las últimas intervenciones las hiciste tú. Nada, no funcionabas. Me di cuenta de que no podías ni con tu alma, menos con la mía que ya pesaba toneladas de maldad, cuando dudaste a la hora de quitarle toda pasión por la vida a mi mujer. Así que me puse en contacto con Él y ya sólo hago tratos a lo grande”. Cerró la maleta, cogió a su gato, y antes de salir, dijo: “ Si quieres, puedes quedarte también con ella”. Se marchó dando un portazo. Y mientras bajaba en el ascensor, soltó su última carcajada medio humana.

7/8/11

LOS PLACERES DEL VERANO (microrrelato seleccionado hoy en El País Semanal)

Del blog animalnaturaleza.

Oía la llamada. Se hundía un poco más. Su nombre picoteado por el graznido de las gaviotas. Y de repente, mamá lo desenterraba de la arena.

5/8/11

ADICCIONES

Fotografía de Bernardo Álvarez


Soy amadecasapendiente y llevo unos minutos sin pensar en unos pimientos rellenos ni en hacer la compra.

Hace unos días toqué fondo. Toda la mañana cocinando, el frigorífico hasta arriba, y agarré la cesta y salí a la calle. ¿Qué hacía yo en mitad de la acera, en bata y con zapatillas de estar en casa?, me decía, cuando tropecé con una cuartilla abrazada a una farola anunciando un taller de escritura dos portales más abajo. Supongo que fue la hartura de mí misma la que me puso delante de un señor que me preguntaba a qué había ido.

-¿A qué va a ser?, a lo de aprender a escribir.

- Ya bueno, pero tenemos cursos de narrativa, de guión, de poesía...

Ahí sufrí un ataque, una puñalada trapera del cocineo y dejé al de las letras ofreciéndome cursos, para adentrarme en el bonito, que también me ofreció el pescadero a primera hora de la mañana, y sus maneras de prepararlo. "Quedaría bien encebollado, pero al niño no le va así, mejor con tomate."

- Entonces, ¿cuál le interesa?

- El que sea más fácil.

- Todos tienen su dificultad, pero podría comenzar con el cuento.

Dije que bueno y entonces él avanzó algo del curso.

-...Ab obo...

"Los huevos rellenos quedarían bien para el domingo"

-... in media res...

"Unos filetes en salsa y me hacen reverencias".

- Y sepa usted que contamos con la presencia de un alumno aventajado que ya ha ganado unos cuantos jamones de Teruel en un concurso radiofónico.

Temblando de emoción, abrí mi bolso, saqué el talonario, le hice una seña para que me dejara su bolígrafo, escribí seiscientos euros y firmé el cheque. Luego se lo entregué, agradecida, y salí pensando en los platos que iba a preparar con los jamones.

P.D. Este relato lo escribí hace tiempo, en un mano a mano con un escritor que ganó varios jamones en un concurso radiofónico. Lo traigo aquí como una pequeña muestra de la variedad de enganches de los que podemos quedarnos colgados: desde productos tóxicos, a la comida, al cuerpo, a los talleres literarios, etc. Todo muy nocivo para la salud.

3/8/11

NOSTALGIA (Finalista de junio del concurso sobre abogados)

fotografía tomada de la red

Todos los años por el cumpleaños de mamá, papá se saca del cuello la cinta morada con la llave y abre el candado que puso en el armario de ella. Revisa sus vestidos y zapatos. Comprueba que el birrete sigue en la balda de arriba. Se entretiene un poco acariciando las puñetas de la toga y por último coge el CD guardado en el primer cajón entre la ropa interior. Sentado al lado del plato vacío, escucha “Ansiedad” en la voz cadenciosa de Nat King Cole mientras brinda con una copa sin dueña. Sé que no debería consentirle que haga eso y seguir las instrucciones de su médico. La nostalgia es un tóxico más potente que cualquier veneno y su corazón es débil. Pero desde que se la arrebató el marido despechado de una clienta, a la puerta de los juzgados, él sólo piensa en reunirse con ella.